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Mi amistad con Cantinflas

Domingo, Mayo 20th, 2007

Un lector me envió recientemente un correo electrónico en el cual reprodujo una parte del discurso que pronunció el genial mimo mexicano Mario Moreno Cantinflas en la película titulada “Su Excelencia”, en la que tuvo a su cargo el papel de Lopitos, embajador de un país imaginario llamado Los Cocos, y decidí compartir este domingo con ustedes no sólo el texto completo de ese discurso, sino también la historia de un memorable almuerzo (o comida, como se dice en México) que ese ídolo popular mexicano nos ofreció en su residencia a algunos embajadores acreditados en México, para lo cual preparó una deliciosa paella, no a la valenciana, como todas, sino “a lo Cantinflas”, que él sabía preparar mejor que cualquiera.

En la foto 1 vemos a Mario Moreno Reyes cuando todavía gozaba de excelente salud, junto a un retrato en oleo de Cantinflas, el gracioso, picaresco e inmortal personaje que creó. Había nacido el 12 de agosto de 1911 y falleció el 20 de abril de 1993, a la edad de 81 años.
En la foto 2 vemos a Sus Excelencias los embajadores Guillermo Paz Larín, de El Salvador, Carlos Enrique Gómez Centurión, de Argentina, Shaúl Rosolio, de Israel, José Ricardo Martínez Cobo, de Ecuador, Patrick Joseph Lucey, de Estados Unidos de América, Francesco Spinelli, de Italia, Eliseo Pérez Cadalso, de Honduras, y Jorge Palmieri, de Guatemala, junto al anfitrión Mario Moreno Cantinflas, en uno de los jardines de su elegante residencia.
En la foto 3 vemos a Cantinflas dando los últimos toques maestros a la paella que preparó, acompañado del Cónsul General MacCanish de los Estados Unidos, y el embajador de Guatemala, Jorge Palmieri.
En la foto 4 vemos a Cantinflas abrazando confianzudamente al embajador de los Estados Unidos de América, Patrick Joseph Lucey, un politico del partido Republicano que antes había sido gobernador del Estado de Minessotta.
En la foto 5, el primero que hizo uso de la palabra durante el almuerzo fue el embajador de Guatemala, Jorge Palmieri, para explicar al anfitrión y a los invitados por qué y en qué forma organizó esa grata reunión.
En las fotos 6 y 7 vemos a Cantinflas flanqueado a su derecha por el embajador de Guatemala y a su izquierda por el embajador de Estados Unidos, pronunciando un erudito discurso sobre la realidad política, social y económica mundial, parecido al que pronunció en su película titulada “Su Excelencia” en el papel de embajador de la imaginaria República Los Cocos durante una conferencia internacional.
En la foto 7 el embajador Lopitos, de la República Los Cocos, pronuncia su impresionante discurso ante los embajadores de todos los países del mundo.
PARA AMPLIAR LAS FOTOGRAFÍAS:
Foto 1:
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Foto 2:
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Foto 3:
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Foto 4:
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Foto 5:
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Foto 6:
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Foto 7:
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Foto 8:
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La historia de ese almuerzo
Voy a contarles por qué y cómo fue que organicé ese almuerzo en el que compartimos una “Paella a la Cantinflas” preparada por el propio mimo y en su residencia, para lo cual invité a algunos de los embajadores acreditados en México porque después de haber presentado mis cartas credenciales de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Guatemala en México, tuve que cumplir con el requisito protocolario de hacer visitas de cortesía a los otros embajadores que estaban acreditados antes que yo, y muchos de ellos me expresaron la frustración que les causaba el hecho que habían invitado muchas veces a Mario Moreno Cantinflas a sus recepciones diplomáticas y él jamás había asistido porque decía que los embajadores son un fastidio porque lo invitaban sólo para que lo vieran los otros invitados. Entonces decidí organizar un almuerzo en la casa del propio Cantinflas para el cual él debería cocinar una de sus famosas “Paellas a la Cantinflas” e invité a los embajadores que mejor me habían caído en mis visitas de cortesía.
Cuando informé a Cantinflas de mi propósito, él me respondió con su característico espíritu jodón: “Me parece buena idea, pero ¿quién va a cocinar?” Le respondí: ¡tú, naturalmente! vas a preparar una de tus famosas paellas. Él me contestó: “¿Ah sí? ¿Y en dónde va a tener lugar esa comida?” Con mucha seriedad le contesté: ¡En tu casa, naturalmente! Entonces me preguntó: “¿Y cuánto voy a cobrar por todo eso?” A lo que le contesté: ¡Nada, Mario, ni un centavo! Todos vamos a ser tus invitados! Pero él insistió: “¿Y tú cuánto vas a cobrar?” Le respondí: ¡Nada! ¡Tampoco ni un centavo! Entonces accedió y ya sólo nos faltaba concertar la fecha para hacerlo. Cuando la tuvimos invité a los embajadores que me habían caído bien y habían expresado durante mi visita de cortesía su deseo de conocer a Cantinflas. Otra cosa que descubrí en esas visitas fue que el embajador de los Estados Unidos le caía mal a algunos embajadores latinoamericanos porque no hablaba español y siempre andaba con guardaespaldas, pero como a mí me había simpatizado cuando le visité decidí invitarlo y llevarlo en mi automóvil manejado por mi y sin ni un sólo guardaespaldas.
Una vez que nos pusimos de acuerdo, invité a algunos embajadores amigos, pero sin decirles que iríamos a la casa de Cantinflas y quedamos en reunirnos a una hora convenida a la entrada de Vista Hermosa, en la carretera a Toluca. Y así fue. Yo llegué puntual manejando mi automóvil y el embajador de los Estados Unidos, sentado a mi lado, sin ni un sólo guardaespaldas. Cuando comprobé que ya estábamos reunidos todos, les hice una seña para que me siguieran y nos dirigimos a la casa de Cantinflas, próxima a la llamada “Colina del Perro”, en alusión a que el presidente López Portillo había declarado una vez que iba a defender la estabilidad de la moneda mexicana “como un perro”, donde edificaron sus palaciegas residencias el presidente José López Portillo, sus dos hijas y su hijo. Cuando llegamos al final de la calle, donde había un redondel para dar la vuelta, todos estacionamos nuestros vehículos y al llegar a la puerta de la casa de Cantinflas pedí al embajador ecuatoriano Martínez Cobo que tocara el timbre para que nos abrieran la puerta. Hasta entonces nadie me había preguntado dónde y con quién íbamos a almorzar, pero en ese momento me lo preguntó el embajador de Ecuador. A lo que le respondí: “Cuando abran la puerta verán quién es nuestro anfitrión”. Y en ese preciso momento abrió la puerta el propio Mario Moreno Cantinflas. ¡La sorpresa de todos fue muy grata! Saludamos al anfitrión y entramos a la casa. Primero bebimos unas cuantas copas de champán y otras de vino tinto con la paella, luego nos sentamos alrededor de la mesa para platicar. Mario había contratado un conjunto musical que amenizó la reunión.
En el momento propicio expliqué por qué y en qué forma había organizado ese almuerzo o comida (como dicen allá) para satisfacer a los embajadores que deseaban conocer a Cantinflas y para mejorar la relación con mi amigo el embajador de los Estados Unidos. Después tomó la palabra el célebre anfitrión y pronunció un brillante discurso muy erudito sobre la situación economica, política y social del mundo. Algo parecido a lo que dijo en una conferencia mundial el imaginario embajador Lopitos del imaginario país subdesarrollado Los Cocos. Y para quienes se preguntan ¿qué dijo Su Excelencia el embajador Lopitos, a continuación voy a transcribir textualmente lo que narra Mario Moreno Cantinflas en su libro titulado “Su Excelencia”, basado en la película del mismo nombre:
El discurso de Su Excelencia
“Señor Primer Ministro empezó Lopitos con voz pausada y serena- señor Ministro de Relaciones Exteriores, señor Secretario General de la Conferencia, señores representantes, estimados colegas y amigos: me ha tocado en suerte ser el último orador, cosa que me da mucho gusto, ya que así los agarro, como quien dice, cansados.
En el anfiteatro se escucharon murmullos y risas.
–Sin embargo continuó el diplomático-, sé que a pesar de la insignificancia de mi país, que no tiene poderío militar, ni político, ni económico, ni mucho menos atómico, todos ustedes esperan con interés mis palabras, ya que de mi voto depende el triunfo de los verdes o de los colorados.
En la sala reinó un silencio general de expectación.
–Durante toda la conferencia, he estado pensando si estas reuniones tienen como objetivo verdaderamente buscar una fórmula para el bienestar de la humanidad, o si nada más venimos a insultarnos mutuamente y a buscar qué sacamos para provecho y conveniencia de nosotros mismos.
Murmullos del auditorio.
–Tengo la impresión de que más bien es esto último. Complicamos lo sencillo y enredamos todavía más lo complicado para ver en qué nos beneficiamos individualmente. Los intereses de los demas nos tienen muy sin cuidado.
Los murmullos crecieron de punto, en tanto que los representantes se miraban unos a otros con gesto de sorpresa o disgusto.
–La opinión mundial está tan profundamente dividida en dos bandos aparentemente irreconciliables, que se ha dado el singular caso de que un solo voto, el voto de un país débil y pequeño, puede inclinar la balanza a favor de unos o de otros, por puras razones políticas, sin tener en cuenta el verdadero beneficio de toda la humanidad. Estamos, como quien dice, en una gran báscula, completamente nivelada, con los verdes en un platillo y los colorados en otro. Y ahora llego yo, que soy de peso pluma, y según donde me coloque, para ese lado se irá la balanza. ¡Háganme favor!
Los diversos delegados observaron a Lopitos, unos sonriendo divertidos y otros con gesto de preocupación, pero todos con creciente interés. El Primer Ministro Osky Poposky tenía los puños crispados.
–Y no creen ustedes, estimados colegas, continuó Lopitos con la faz risueña–, que esa es mucha responsabilidad para un solo ciudadano, porque, además, no considero justo que la mitad de la humanidad, sea la que fuere, quede condenada a vivir bajo un sistema político y económico que no es de su agrado sólo porque un frívolo señor embajador haya votado, o lo hayan hecho votar, en un sentido o en otro. No, jóvenes. No es justo.
El embajador de Los Cocos hizo una pausa dramática y luego soltó el cañonazo:
–¡Por eso yo no votaré por ninguno de los dos bandos!
Los representantes de cien países se revolvieron en sus asientos y murmuraron en cien idiomas. El consejero De la Pompa y Pompa elevó su mirada al cielo.
–Y no votaré por ninguno, prosiguió Lopitos, debido a tres razones: primera, porque repito que no sería justo que el voto de un representante, que a lo mejor padece del hígado, decida los destinos del mundo entero. Segunda, porque estoy convencido de que los procedimientos, conste, los procedimientos, de los colorados, son desastrosos. Y tercera, porque juzgo sinceramente que los procedimientos, insisto, los procedimientos. de los verdes tampoco son de lo más bondadoso que se diga.
Un clamor de protesta unánime se elevó en la asamblea. Verdes y colorados por igual vociferaron y amenazaron al orador con el puño. En medio del escándalo, el Secretario General inútilmente trataba de imponer silencio a gritos y martillazos. Lopitos alzó los brazos como si estuviera dirigiendo el tránsito. Cuando por fin disminuyó la gritería, dijo con voz tonante:
–Y si no se callan, de plano ya no sigo. A ver si se quedan con la tentación de saber lo que todavía tengo que decirles.
Sus últimas palabras tuvieron el efecto deseado, y nuevamente volvió a reinar el silencio en aquella olla de grillos.
–Insisto en que hablo de procedimientos y no de ideas ni de doctrinas. Para mí todas las ideas son muy respetables, aunque sean ideítas o ideotas, y aunque no esté de acuerdo con ellas.
Lopitos señaló con el índice a diversos delegados.
–Lo que pìense ese señor, o ese otro, o aquel de bigotito, o ese que ya se durmió y no piensa en nada, no impide que todos seamos buenos amigos. Porque entre las diversas características que nos diferencian de los cuadrúpedos está la de no tener cola y en cambio la de poseer la facultad de raciocino. Pero, honrádamente, aquí entre nos, ¿hacemos uso inteligente de ella? Claro que no me refiero a la cola, sino a la facultad de raciocinio.
El embajador de Los Cocos bebió un sorbo de agua.
–Triste es reconocer que no. Todos creemos que nuestra manera de vivir y hasta nuestro modito de andar son los mejores. ¡Y a chaleco pretendemos imponérselo a los demás! Y si no aceptan, decimos que son unos tales por cuales y al ratito andamos a la greña. ¿Ustedes creen que eso está bien?
Lopitos paseó la mirada por el auditorio.
–Fíjense en lo fácil que sería vivir en paz y tranquilos, si tan sólo respetáramos los modos de pensar y de vivir, las creencias y las costumbres de los demás, sin pretender que a fuerza piensen y vivan y se rasquen como nosotros. Hace cien años ya lo dijo una de las figuras más humildes, pero más grandes de nuestro continente: El respeto al derecho ajeno es la paz.
Los delegados de los países de dulce, a pesar de estar ya comprometidos con uno u otro bando, tributaron al embajador de Los Cocos una ovación cerrada.
–Así me gusta ?sonrió Lopitos- no que me aplaudan, pero sí que reconozcan la sinceridad de mis palabras.
El orador señaló al delegado de Salchichonia.
–Yo estoy de acuerdo con lo que dijo el representante de Salchichonia: con humildad, con humildad de albañiles no agremiados, todos tenemos que luchar para derribar la barda que nos separa. Y entonces podremos decir que nos volamos la barda? la barda de la incomprensión y del odio, la barda de la intolerancia y de la mutua desconfianza. No la barda de las ideas. ¡Eso nunca! El día que todos pensemos y actuemos de la misma manera, habremos dejado de ser hombres para convertirnos en máquinas, en autómatas.
Lopitos volvió el rostro y miró significativamente al Primer Ministro Osky Poposky.
–Ese es el grave error de los colorados. El de pretender imponer sus ideas por la fuerza, al igual que su sistema político y económico, intransigentemente, para convertir a la humanidad en un enorme rebaño de borregos, donde todos bailen al son que les toque el camarada en turno.
El Primer Ministro enrojeció hasta las raíces del cabello, y en el auditorio se escucharon voces de protesta por parte de los colorados.
–Hablan de libertades humanas pero yo les pregunto: ¿existen esas libertades en sus propios países?
Aplausos de los verdes y pataleo de los colorados.
–Dicen defender los derechos del proletariado, pero sus propios obreros no tienen ni siquiera el derecho elemental de la huelga. Hablan de cultura universal al alcance de las masas, pero encarcelan a sus escritores porque se atreven a decir la verdad. Hablan de la libre determinación de los pueblos, y sin embargo hace más de veinte años que oprimen a una serie de naciones sin permitirles que se den la forma de gobierno que más les convenga.
Los aplausos y las protestas fueron in crescendo.
–¿Cómo podemos votar por un sistema que habla de dignidad y acto seguido atropella lo más sagrado de la dignidad humana, que es la libertad de conciencia, eliminando o pretendiendo eliminar a Dios por decreto?
Lopitos hizo una pausa mientras en el anfiteatro los delegados guardaron un ominoso silencio.
–¡No señore representantes! Yo no puedo estar con los colorados o, mejor dicho, con su manera de actuar. Respeto su modo de pensar. ¡Allá ellos! Pero no puedo dar mi voto para que su sistema se implante por la fuerza en todos los países de la Tierra. El que quiera ser colorado, que lo sea, ¡pero que no pretenda teñir a los demás!
Las últimas palabras de Lopitos desencadenaron nuevamente el alborozo en la sala. Los verdes aplaudían a rabiar, en tanto que los colorados gritaban y silbaban como si estuvieran en una plaza de toros. El Secretario General ya ni siquiera hizo el intento de callarlos. El Primer Ministro miró significativamente al embajador de la URFF, y éste se puso de pie. De inmediato todos los representantes colorados y su personal subalterno guardaron silencio y se levantaron de sus asientos disponiéndose a abandonar el recinto. Lopitos abrió los brazos y dijo con voz tonante:
–¡Un momento señores! Un momento… que aún no he terminado.
Y luego, con sorna, dirigièndose a los colorados:
–Hombre, pero si no aguantan nada. ¿Qué? ¿Se han vuelto muy sensitivos? ¿A poco me dicen que están colorados de puro coraje? ¡Ya ni la amuelan! Siéntense jóvenes. ¡Siéntense! No hagan berrinche, que hoy es Nochebuena y mañana Navidad.
El embajador de la URFF volvió a sentarse y, automáticamente, todos los demás hicieron lo mismo.
–Yo sé que en las reuniones internacionales cuando escuchan algo que no es de su agrado ustedes tienen la costumbre de abandonar el recinto, lo cual equivale a taparse los oídos para no escuchar lo que no les gusta o conviene. Pero en esta ocasión les pido que se queden, pues ahora van a escuchar algo que con toda seguridad les gustará, o sea lo que tengo que decirles a los verdes. Sentaditos, eso es, sentaditos. ¡Gracias jóvenes!
Lopitos miró alternativaente a los representantes de Dolaronia, Franconia, Salchichonia y la Gran Petaña, y sonrió maliciosamente.
–Y ahora, estimados colegas verdes, ustedes ¿qué dijeron? ¿Ya va a votar por nosotros, no?
¡Pues no señores! Tampoco voy a votar por ustedes porque ustedes también tienen mucha culpa de lo que pasa en el mundo. Ustedes también son soberbios, y aunque hablan de paz y democracia y de elecciones libres, y de esas cosas muy bonitas, también pretenden imponber su voluntad por la fuerza. Por la fuerza del dinero. Y cuando éste falla, pues a como dé lugar.
Ahora fueron los colorados los que aplaudieron.
–El día de la inauguración de la conferencia ?continuó Lopitos- el señor embajador de Dolaronia dijo que el remedio de todos nuestros problemas estaba en tener automóviles, más aparatos de televisión y más refrigeradores. Me imagino que siempre y cuando se los compremos a ustedes, ¿verdad?
El representante de Dolaronia hizo un gesto de disgusto.
–No, mi querido colega ?prosiguió el de Los Cocos- No nada más de hot dogs vive el hombre. Yo estoy de acuerdo con usted en que debemos luchar por el bienestar colectivo e individual. Estoy de acuerdo con usted en que debemos combatir la miseria y resolver los tremendos problemas de la habitación, del vestido y del sustento. Pero en lo que no estoy de acuerdo es en la forma en que ustedes pretenden resolverlos. Ustedes dicen obrar con un gra sentido humanitario, y tal vez así sea. Pero siempre pensando en algo más: ¡en el business! Poco a poco se han ido convirtiendo en los acreedores de la humaniad, y por eso la humanidad los ve con desconfianza.
Lopitos hizo ademán de contar dinero.
–Mientras compremos y compremos y compremos, todo va bien. Y cuando ya no tenemos efectivo con qué cubrir los compromisos que contraemos con ustedes, entonces no tienen ningún inconveniente en concedernos créditos adicionales, aunque para ello tengamos que hipotecar nuestra soberanía y nuestros recursos naturales. Y encima de todo esto, también pretenden convertirse en policías del mundo, dizque para guardar el orden, siendo que muchas veces ustedes son los primeros en meter el desorden.
Los representantes colorados y especialmente los de dulce, aplaudieron a rabiar.
–Ustedes también han sucumbido ante el materialismo. Se han olvidado de los más bellos valores del espíritu, pensando sólo en el negocio. Y nos miden con esa norma: mientras paguemos puntualmente somos buenos vecinos. ¡Aunque para cumplir con nuestras deudas tengamos que desgarrarnos las entrañas!
Lopitos, desde la tribuna, pareció crecer en estatura.
–Y yo pregunto ¿para qué queremos automóviles, si andamos descalzos? ¿Para qué queremos refrigeradores, si no tenemos alimentos que guardar en ellos? ¿Para qué queremos tanques y armamentos, si no tenemos suficientes escuelas para nuestros hijos?
El embajador de Los Cocos señaló a derecha e izquierda con el dedo extendido.
–Es verdad que está en manos de ustedes, los países poderosos de la Tierra, verdes y colorados,el ayudarnos a los débiles. Pero no con dádivas, ni con empréstitos, ni con alianzas militares. ¡Ayúdennos pagando un precio más justo por nuestras materias primas! ¡Ayúdennos compartiendo con nosotros sus notables adelantos en la técnica, no para fabricar bombas, sino para acabar con el hambre, las enfermedades y la miseria! ¡Ayúdennos respetando nuestras costumbres, nuestras creencias, nuestra dignidad como seres humanos y nuestra personalidad como naciones, por débiles y pequeños que seamos!
Lopitos bebió un sorbo de agua y continuó, visiblemente conmovido.
–Practiquen la tolerancia y la verdadera fraternidad, que nosotros sabremos comprenderles. Dejen de tratarnos como simples peones en el gran tablero de ajedrez de la política internacional. Reconózcannos como lo que somos, no solamente como clientes o como ratones de laboratorio, sino como seres humanos que sentimos, que sufrimos, que lloramos.
En el gran auditorio reinó profundo silencio. Los representantes de los países de dulce miraban extasiados a Lopitos, y muchos de los verdes y aún de los colorados reflexionaban con la cabeza inclinada sobre el pecho. En los últimos escaños, el consejero De la Pompa y Pompa le tomó una mano a Lolita, por cuyo bello rostro corrían lágrimas.
Lopitos cambió de expresió y miró socarronamente de hito en hito al auditorio.
–Señores representantes ?dijo en tono un poco zumbón- hay una razón más por la que no voy a votar por unos ni otros. Hace exactamente veinticuatro horas que mandé mi renuncia irrevocable al cargo de embajador de mi país, renuncia que estoy seguro será aceptada por el gobierno de la República de Los Cocos. Consecuentemente, no les he hablado a ustedes como ?Excelencia?, sino como un simple ciudadano, como un hombre libre del mundo, como un individuo cualquiera. Pero que, sin embargo, cree interpretar el máximo anhelo de todos los hombres de todos los países de la Tierra: el anhelo de vivir en paz, el anhelo de ser libres, el anhelo de legar a nuestros hijos, y a los hijos de nuestros hijos, un mundo mejor en el que reinen la buena voluntad y la concordia.
Una oleada de murmullos de sorpresa obligó a Lopitos a hacer una pausa. Después continuó con vibrante emoción.
–¡Y qué fácil sería, señores, lograr ese mundo mejor en el que todos los hombres, blancos, negros, amarillos y cobrizos, grandes y pequeños, ricos y pobres, pudiésemos vivir como hermanos! Si no fuésemos tan ciegos, tan vanos, tan orgullosos, tan obcecados. Si tan sólo rigiésemos nuestras vidas por las sublimes palabras que hace dos mil años pronunció aquel humilde carpintero de Galilea, descalzo, sencillo, sin frac ni condecoraciones, ¡Amaos los unos a los otros! Pero ustedes, desgraciadamente, entendieron mal y practican lo contrario: ¡Armaos los unos contra los otros!
En medio de un profundo silencio, Lopitos bajó lentamente de la tribuna y continuó por el pasillo, ante la mirada atónita de los representantes de todos los países de la Tierra. Al pasar junto al escaño del embajador de Zambombia, éste se levantó de su asiento y prorrumpió en aplausos. Contagiados por el entusiasmo del negro, todos los demás delegados, sin diferencias de matiz político, se pusieron de pie y le tributaron la más formidable ovación que hasta entonce se hubiera escuchado en el anfiteatro.
Lopitos, con la cabeza baja, siguió su camino sin detenerse siquiera al pasar por su propio escaño. Salió del recinto y se dirigió al guardarropa, situado en un extremo del amplio vestíbulo. Le entregó una ficha al ujier y éste buscó su sombrero de copa, sus guantes y su abrigo, que fue depositando sobre el mostrador. Lopitos se palpó los bolsillos para darle una moneda de propina y, al no encontrar ninguna, se arrancó una condecoración del pecho y ante el asombro del empleado se la puso en la mano. El ujier balbuceó las gracias y le ayudó a ponerse el abrigo. Después lo acompañó hasta la puerta y se cuadró militarmente.
–Buenas noches Excelencia.
–Buenas noches? camarada.
Enfundado en su grueso abrigo de pieles, Lopitos bajó lentamente por la escalinata de mármol, entre dos filas de guardias que presentaron armas. Cruzó la calle y la plaza, hundiéndose en la nieve hasta los tobillos. Acurrucado al pie de un árbol, un mendigo viejo, barnado y andrajoso extendió la mano y con voz quejumbrosa le pidió caridad. El ex embajador se detuvo, pero al recordar que no traía monedas, se quitó el abrigo y se lo dio al pordiosero. Después, con las manos en los bolsillos, se echó a andar por una larga avenida flanqueada por hileras de árboles con las ramas desnudas, cubiertas de nieve.
La afectuosa amistad de mi familia con Cantinflas
Ni como Mario Moreno Reyes, ni como Cantinflas este ídolo popular mexicano asistía a las reuniones que se celebraban en las embajadas, pero en lo personal vino muchas veces a la residencia de la embajada de Guatemala para almorzar o cenar con sus amigos el embajador Palmieri, su amada esposa Anabella y sus hijos menores Rodrigo y Alejandro. Y en ocasión de los cumpleaños de Alejandro, solía preguntarle: “¿Qué te gustaría que te regale?” y mi hijo más pequeño le contestaba sin titubear: “¡Que me hagas una paella!”, lo cual él hacía gustosamente.
Las fotografías de abajo fueron tomadas el día que mi amado hijo menor Alejandro Palmieri Waelti cumplió cuatro años de edad.

En la foto 9 estamos en uno de los jardines de la elegante residencia de Mario Moreno Cantinflas, el anfitrión, mi amada esposa Anabella Waelti de Palmieri y el embajador de Guatemala, Jorge Palmieri.
En la foto 10, mi entrañable amigo Mario Moreno Cantinflas en el momento de servir un plato de la deliciosa paella que preparó para festejar el cumpleaños número cinco de mi amado hijo Alejandro, de quien él decía que era su padrino.
En la foto 11, en el comedor familiar o pantry, después de haber comido la sabrosa paella, mi entrañable hijo Alejandro, al lado de su amigo Cantinflas, sopla para apagar cinco velitas en un pedazo del pastel de su quinto cumpleaños.
La 12 es la última fotografía que me tomé con mi querido viejo amigo Mario Moreno Cantinflas en su despacho en su edificio Rioma (Mario al revés) poco tiempo antes de su muerte ocurrida el 20 de abril de 1993, a la edad de 81 años en la Ciudad de México por consecuencia de un cáncer pulmonar. Atrás pueden verse los retratos al óleo de sus venerados padres.
PARA AMPLIAR ESTAS FOTOS
Foto 9:
[url]http://jorgepalmieri.com/files/images/cantinflas/cantinflas-9.jpg[/url]
Foto 10:
[url]http://jorgepalmieri.com/files/images/cantinflas/cantinflas-10.jpg[/url]
Foto 11:
[url]http://jorgepalmieri.com/files/images/cantinflas/cantinflas-11.jpg[/url]
Foto 12:
[url]http://jorgepalmieri.com/files/images/cantinflas/cantinflas-12.jpg[/url]