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“Operación Éxito”: ¿Gloriosa victoria? ¿&#191Traición? ¿Cobardía? ¿Infamia?

Martes, Julio 3rd, 2007


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Gloriosa Victoria

protesta El Secretario de Estado de los Estados Unidos de América, John Foster Dulles, quien fue abogado de la United Fruit Company, calificó de “gloriosa victoria” la intervención en Guatemala de la Central Intelligence Agency (CIA), denominada “Operación Éxito”, a cargo de su hermano Allen, a lo que el gran pintor muralista mexicano Diego Rivera, fundador del Partido Comunista en su país y esposo de la también pintora Frida Khalo, respondió pocos días más tarde con esta pintura que llamó “Gloriosa victoria”, la cual se encuentra en el museo del Hermitage de San Petesburgo, Rusia, una de las más grandes pinacotecas del mundo. En ella vemos al coronel Carlos Castillo Armas saludando en forma humillante a Dulles, quien sostiene una bomba con la cara del presidente norteamericano Eisenhower y rodeado de pencas de bananos y niños muertos, al lado de quien está el nefasto embajador estadounidense, John D. Peurifoy, acompañado de varios militares que traicionaron a Árbenz y el director de la CIA susurra en el oído de su hermano, mientras por un lado se ve bendiciendo el acto al arzobispo Metropolitano de Guatemala, Mariano Rossell Arellano, y  protesta el pueblo de Guatemala, entre el cual está, con camisa roja, la pintora guatemalteca Rina Lazo, colaboradora de Rivera.
Publico esta reproducción porque hoy se cumplen 53 años de que llegó al país el “caudillo de la liberación”, coronel Carlos Castillo Armas, a bordo de un avión de la embajada de los Estados Unidos. En el aeropuerto fue recibido como un héroe nacional y conducido al Palacio Nacional en un automóvil Cadillac de color negro, convertible, que había sido propiedad privada del coronel Eduardo Weyman Guzmán, primo hermano y jefe del Estado Mayor Presidencial del derrocado presidente coronel Jacobo Árbenz Guzmán, pero le fue robado por miembros de la mal llamada “Liberación Nacional”. Desde el balcón del Salón de Banquetes del Palacio Nacional, Castillo Armas saludó a una impresionante muchedumbre que le había reunido la CIA para vitorearle en el lugar que hoy se conoce como Plaza de la Constitución, mismo en el que pocos días antes había sido vitoreado por una multitud similar al llamado “soldado del pueblo”, quien.

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En el balcón presidencial aparecen el coronel Carlos Castillo Armas, apodado ?Cara de Hacha?, acompañado de su esposa, doña Odilia Palomo, el licenciado Luis Arturo ?Toto? González López, su sucesor en la Presidencia, el licenciado Miguel Ortiz Passarelli, quien fue presidente de la Corte Suprema de Justicia y candidato a la Presidencia después de la muerte de Castillo Armas, el licenciado Mario Sandoval Alarcón (apodado ?El Mico?) y Mario López Villatoro, uno de los locutores de la radiodifusora clandestina de la CIA denominada ?Voz de la Liberación?.
Los analistas de los hechos históricos contemporáneos tendrán que calificar de alguna manera lo que aconteció ese día en Guatemala. ¿Fue una infamia? ¿Una ignominia? ¿Fue traicionado el presidente Árbenz por sus compañeros de armas porque se negaron a apoyarlo cuando se produjo la intervención estadounidense organizada y patrocinada por la CIA y la United Fruit Company? ¿No fue el propio Árbenz quien traicionó al Ejército del cual formaba parte por haber otorgado tanto poder a los dirigentes comunistas que prácticamente eran quienes tomaban las más importantes decisiones de Estado? Cuando el Inspector del Ejército, coronel Anselmo Getellá, por órdenes de Árbenz, comandante en jefe del Ejército Nacional, hizo una gira por todas las zonas militares y cuarteles para investigar cuál era la actitud de los comandantes, recibió de éstos, esta respuesta categórica: ?¡Que Jacobo se vaya a la mierda si espera que nosotros defendamos a los comunistas!? ¿Quién con una luz se pierde? Cuando el coronel Getellá regresó de su inspección y reportó al mandatario cuál era la respuesta, un gobernante prudente y sensato habría tomado una medida acertada. Sobre todo habría tenido la prudencia que sugería la situación geopolítica. Pudo decidir salvar a su gobierno y con él a las conquistas revolucionarias que se dieron a raíz del 20 de octubre de 1944, aunque hubiese tenido que sacudirse a todos sus ?camaradas?, como José Manuel Fortuny, Carlos Manuel Pellecer, los hermanos Alvarado Monzón, Mario Silva Jonama y muchos otros, o atenerse a las consecuencias geopolíticas. Que fue lo que hizo. Fue tan insensato -¿o estúpido?- que prefirió conservar a su lado a sus consejeros y ?camaradas? comunistas que salvar al país de una intervención imperialista.
Si era evidente que había una conspiración de la CIA en la cual participaban algunos guatemaltecos anticomunistas, terratenientes que temían al Decreto 900 (Ley de Reforma Agraria) y un buen número de mercenarios armados y entrenados por los gobiernos de las dictaduras centroamericanas, y los compañeros de armas del presidente Árbenz que tenían a su cargo las bases militares y los cuarteles ya le habían hecho saber que no estaban dispuestos a defender a su gobierno y a los ?camaradas? que le rodeaban, él debió reaccionar como un estadista, como un hombre sensato, pero no lo hizo. Optó por comportarse como un provocador ante el imperialismo norteamericano y pasó a la Historia Latinoamericana como un cobarde porque no encabezó a sus seguidores, armados como pudieran, para enfrentarse a los invasores que violaban la soberanía nacional. O, de lo contrario, debió suicidarse como lo hicieron en su momento el brasileño Getulio Varlas y el chileno Salvador Allende. Pero prefirió vivir en la ignominia, sin patria y sin honor hasta su muerte.
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Hoy se cumplen 53 años de que el llamado ?Ejército de la Liberación? entró triunfante a Guatemala, encabezado por su ?caudillo? el coronel Carlos Castillo Armas, un ex director de la Escuela Politécnica que en un tiempo fue entusiasta partidario de la Revolución del 20 de octubre, como consta en el discurso que pronunció en esos días en la Universidad de San Carlos de Guatemala, alabando a la heróica gesta cívico militar. Pero después trató de tomar una base militar y fue fusilado pero no murió milagrosamente y fue sentenciado a la Penitenciaría, de donde escapó con la ayuda de sus partidarios.
¿Qué habrán sentido los militares hoy hace 53 años al ver entrar triunfantes a los mercenarios que invadieron el país? ¿Vergüenza? Una prueba de que los invasores no eran un enemigo que no podía ser derrotado lo dieron los valientes jóvenes cadetes que el 2 de agosto de 1954 lo derrotó en el combate que tuvo lugar en los campos del hospital Roosevelt y lo expulsó desarmado de la ciudad.
El hecho histórico que hoy se conmemora fue la llegada triunfal a la ciudad de Guatemala del coronel Carlos Castillo Armas, que nació en la población de Santa Lucía Cotzumalguapa, departamento de Escuintla, el 4 de noviembre de 1914, siendo sus padres don Raymundo Armas y doña Josefina Castillo. Lo cual significa que llevó primero el apellido materno y en segundo lugar el paterno. Ingresó al ejército como caballero cadete con la promoción 27 y el número 515 el 22 de enero de 1933 y se graduó de oficial el 30 de junio de 1936.
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Cuando el periodista que sale en este video entrevistó al coronel Castillo Armas, que ya se había proclamado Presidente de la República por medio de un plesbicito, se quejó de que el equipo de su gobierno era incompetente porque, dijo, ?ellos -refiriéndose a los que se habían ido al exilio- se llevaron a todos los que sabían leer y escribir, a los que sabían cómo gobernar, y yo me quedé con la mierda?. No creo que esta expresión escatológica haya sido del agrado de sus seguidores y colaboradores.
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El vicepresidente norteamericano Richard M. Nixon vino a Guatemala a supervisar la intervención de la CIA y felicitar al coronel Carlos Castillo Armas. Le dijo que era la primera vez en la historia del mundo que se había derrocado a un régimen comunista. Y agregó: “Esto quiere decir que el de Árbenz no era un gobierno guatemalteco, sino un gobierno extranjero controlado desde Moscú”. Pero no le dijo que su gobierno era producto de la intervención imperialista estadounidense.