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Ayer hizo 44 años

Viernes, Noviembre 23rd, 2007

Me encontraba en la ciudad de Nueva York cuando se produjo en Guatemala el golpe de Estado militar del 30 de marzo de 1963 contra el Presidente Constitucional de la República legalmente constituido, general e ingeniero Miguel Ramón Ydígoras Fuentes, quien había sido electo para gobernar el país durante un período de 6 años comprendidos del 2 de marzo de 1958 al 2 de marzo de 1964, pero fue derrocado un año antes de que lo terminara para impedir que se llegara a las siguientes elecciones y pudiese ser electo el ex presidente de la República, doctor Juan José Arévalo Bermejo.
El burdo “cuartelazo” militar ocurrió a la media noche del 29 de marzo, cuando con un tanque de guerra los golpistas derribaron el portón metálico blindado de la Casa Crema que hacía las veces de Casa Presidencial y ocupaba el presidente con su familia, situada en la esquina de la Avenida Reforma y 2ª calle de la zona 10, a un costado de la Escuela Politécnica y a pocos pasos del cuartel Guardia de Honor. Ese local que originalmente fue la casa del general José María Orellana, ex presidente de la República del 10 de diciembre de 1921 al 26 de septiembre de 1926, pero fue arbitrariamente expropiada por el dictador durante 14 años, general Jorge Ubico Castañeda.

General de Brigada e ingeniero Miguel Ramón Ydígoras Fuentes, presidente Constitucional de la República por elección popular, no llegó a terminar su período por haber sido derrocado por un golpe militar o cuartelazo que organizó el coronel P.A. Miguel Ángel Ponciano, pero fue el coronel Enrique Peralta Azurdia, su ministro de la Defensa, quien presidió el gobierno de facto que se autocalificó como “operación honestidad”.

Coronel Enrique Peralta Azurdia estaba de baja en el Ejército y desempeñaba el cargo de Director del Departamento Agrario (DAN) cuando fue nombrado ministro de la Defensa por el gobierno legalmente constituido del general e ingeniero Miguel Ydígoras Fuentes pero, no obstante lo cual, aceptó presidir el gobierno de facto golpista que, entre otras cosas positivas convocó a una Asamblea Constituyente que Promulgó la nueva Constitución Política del país en 1965, en la cual se redujo el período presidencial de seis a cuatro años. Se reconoció a los trabajadores el aguinaldo de un mes. Durante su gobierno fueron decretados el Código Civil, el Código Procesal Civil y Mercantíl, la Ley de Emisión del Pensamiento y la Ley del Orden Público.
Al día siguiente del golpe de Estado se dio a conocer que se había integrado un gobierno militar de facto que presidió a partir del 1 de abril el coronel Enrique Peralta Azurdia, ministro de la Defensa del gobierno del general Ydígoras Fuentes, quien, a pesar de que ya estaba de baja en el Ejército y ocupaba el cargo de director del Departamento Agrario Nacional (DAN), fue nombrado para desempeñar el cargo de ministro de la Defensa gracias a mi amistad con el Presidente de la República, a raíz del levantamiento militar del 13 de noviembre de 1960 que originó la guerra de guerrillas que duró más de tres décadas y terminó el 29 de diciembre de 1996 cuando se firmó el Tratado de Paz Firme y Duradero al principio del período presidencial de Álvaro Arzú Irigoyen.
El coronel Enrique Peralta Azurdia fue nombrado ministro de la Defensa en sustitución del coronel Rubén González Siguí (apodado “Puñalada”), después de haber encabezado las fuerzas leales al gobierno que persiguieron a quienes se levantaron en armas el 13 de noviembre de 1960 con el pretexto de protestar porque en la finca La Helvetia, en Retalhuleu, propiedad de Roberto Alejos Arzú, íntimo amigo del presidente Ydígoras, se estaban entrenando miles de cubanos anticomunistas auspiciados por la Central Intelligence Agency (CIA) para invadir a la isla de Cuba y derrocar al gobierno comunista de Fidel Castro.
La intención original del general Ydígoras Fuentes era nombrar ministro de la Defensa a su Jefe de Estado Mayor Presidencial (EMP), coronel Gildardo Monzón Peulvé, pero yo no me llevaba bien con él y propuse que mejor se nombrara al coronel Peralta porque Monzón Peulvé no les simpatizaba ni siquiera a los oficiales del EMP. Mi buen amigo el general Ydígoras se disgustó al principio cuando le expresé mi opinión negativa sobre la idea de que nombrase a su Jefe del EMP, pero finalmente aceptó mi sugestión y, después de que fue dado de alta el coronel Peralta, apodado ?El Pollino? desde que estuvo en la Escuela Politécnica. Y, al final de cuentas, éste fue quien le sustituyó en la presidencia después de un “cuartelazo” o golpe de Estado militar.
En honor a la verdad debo decir que no fue realmente el coronel Peralta quien organizó y dirigió el cuartelazo, sino el coronel y piloto aviador Miguel Ángel Ponciano, pero quienes lo siguieron rogaron a Peralta que lo presidiera porque temían al carácter dictatorial del coronel Ponciano; pero de todas maneras Peralta pasará a la Historia como un traidor por haber aceptado presidir el gobierno que dio el golpe de Estado a quien le había dado su confianza al nombrarle ministro de la Defensa.
El gobierno militar de facto ordenó al Cónsul de Guatemala en Nueva York, mi recordado amigo Antonio Arís de Castilla, que no me diese visa para regresar a Guatemala porque en esos tiempos había ese absurdo requisito, pero le jugué la vuelta el gobierno porque me trasladé a San Salvador, donde un Cónsul de apellido Cabrera (?Cabrerita?) me dio la visa porque no tenía instrucciones de negármela. Gracias a ello entré al país, solo y en un automóvil que yo mismo conducía. Pocos minutos después de haber llegado llamé por teléfono al jefe de Migración que era el hijo mayor del coronel Peralta quien también había sido nombrado para ese cargo gracias a mí, cuando su papá lo había desheredado por haberse casado con una mujer que al principio no era de su agrado.
Cuando el jefe de Migración “Quique” Peralta identificó mi voz por teléfono me dio la impresión que había oído al propio diablo, pero de todas maneras lo cité a mi casa a las 7 de la noche de ese mismo día. Acudió a la cita acompañado de un “viejo amigo” de mi hermano Guillermo que se comportó como un hijo de puta. Le pregunté a “Quique” a qué se debía esa actitud contra mí de parte del coronel Peralta y me contestó que era porque yo había sido ?muy amigo” del presidente Ydígoras y los militares que le habían derrocado no querían que yo estuviese en el país. Le respondí que fue precisamente gracias a que yo había sido amigo de Ydígoras que tanto él como su papá llegaron a esos cargos y que le dijese a su papá que recordara que él también había sido ?muy amigo mío? desde que él era agregado militar y yo era agregado cultural en la embajada de Guatemala en Washington y aún podíamos seguir siendo amigos. Lo cual me pareció que no le hizo ninguna gracia a Quique, ni mucho menos a su papá que carecía por completo de sentido del humor y rara vez sonreía.
Afortunadamente, pocos minutos después de que el hijo del jefe del gobierno militar de facto y su insoportable acompañante abandonaron mi casa, llegó a visitame mi recordado y querido amigo el productor de cine Manuel Zeceña Diéguez (?El gordo?), quien al enterarse de la visita anterior me covenció de salir inmediatamente de mi casa antes de que llegaran a catearla para detenerme. Salimos sin perder ni un minuto y estábamos apenas dando la vuelta en la esquina cuando vimos llegar a mi casa un camión del Ejército cargado de soldados para catearla y detenerme. Desde entonces tuve que estar escondido en un lugar seguro, pero estaba informado que la Policía Nacional tenía órdenes de detenerme ?vivo o muerto?.
Uno de esos días mi hermano mayor, José Alfredo (JAP), me citó para reunirnos discretamente en el parque Morazán y cuando llegué, acompañado del ?gordo? Zeceña, lo encontramos con un desconocido que resultó ser un agente de la Policía Judicial que tenía “la misión” de hacerme compañía diz que “para protegerme” -para tranquilidad de mi madre, según dijo JAP- pero realmente era para asegurarse de que al día siguiente yo abandonaría el país ?por las buenas?. ¡Pero fui obligado a salir de Guatemala!
El 22 de noviembre de 1963 llegué al aeropuerto La Aurora, que entonces estaba donde está ahora la Fuerza Aérea Guatemalteca, para abordar un vuelo de TACA rumbo a la ciudad de México, y llegaron a despedirme varios amigos para asegurarse de que iba a salir del país sin contratiempos. Entre ellos estaban los periodistas y queridos amigos Pedro Julio García, director de Prensa Libre, y Guillermo Figueroa de la Vega, director del noticiario de televisión Cuestión de Minutos.
Cuando ya íbamos más o menos a la mitad del vuelo a México, se escuchó de pronto la voz del capitán que dijo dramáticamente más o menos lo siguiente: ?Señores pasajeros, tengo la pena de informar a ustedes que el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, acaba de morir en un hospital de Dallas, Texas, como consecuencia de un atentado?. Muchos de los pasajeros, entre ellos yo, tuvimos ganas de echarnos a llorar por la mala noticia. Yo, en lo particular, no sólo por el hecho que Kennedy era un presidente joven y carismático, sino también porque le había conocido personalmente cuando él era Senador por Massachusetts y yo estudiaba en la Universidad de Georgetown donde fui compañero de su hermano Robert (“Bobby”). Además, una noche había tenido el privilegio de compartir con él una parranda con guapas mujeres en una casa situada en la zona de Georgetown conocida como “Foggy Bottom”, que ocupaba mi entrañable amigo el embajador de Estados Unidos ante la Organización de Estados Americanos (OEA), general De Lesseps (?Chep?) Morrisson, a quien yo conocí cuando fue Alcalde de Nueva Orleánsdurante 14 años.

John Fitzgerald (“Jack”) Kennedy, 35o presidente de los Estados Unidos de América, asesinado en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963, ala edad de 46 años, ayer hizo 44 años. Fue el cuarto presidente de ese país que fue asesinado y el octavo que murió estando en el ejercicio de la presidencia.

Kennedy fue el ciudadano estadounidense que llegó a la presidencia más joven, con excepción de Theodore Roosevelt, y quería ser reelecto para un segundo período en 1964, por lo que viajó a Dallas a pesar de saber que en los estados del sur no era muy querido. Acompañado de su carismática bella esposa, Jacqueline Bouvier, y del gobernador de Texas, John B. Connally, y su esposa Nellie, en un automóvil descapotable marca Lincoln Continental en el cual empezaban a recorrer las calles de Dallas cuando fue asesinado de dos balazos al pasar por la Plaza Dealey.

Se dijo que desde el cuarto piso de este edificio del Texas School Depositary, le disparó dos veces consecutivas Lee Harvey Oswald, quien de acuerdo a la Comisión Warren fue el único autor del magnicidio, pero también hay otras versiones que dicen lo contrario.

Este era Lee Harvey Oswald, el supuesto asesino del presidente de los Estados Unidos de América, John Fitzgerald Kennedy.

Cuando Oswald era conducido a hablar con un juez, custodiado por un grupo de agentes secretos, fue interceptado en un corredor por un tal Jack Rubistein (“Ruby”), quien le disparó a quemarropa y le asesinó en presencia de los agentes secretos. Unos dicen que lo mató porque era un admirador de Kennedy, pero hay quienes creen que lo mató para que no revelara otros detalles del magnicidio. Pocos días más tarde, “Ruby” murió repentinamente en la cárcel, supuestamente de cáncer.

Lee Harvey Oswald hizo una misteriosa visita al Distrito Federal de México haciéndose pasar por fotógrafo y se presentó en la embajada de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) a solicitar una visa para viajar a Moscú, pero ésta le fue denegada.
El supuesto asesino de Kennedy se alojó durante cinco días en el hotel Comercio, situado en la calle Bernardino Sahagún número 19, en la Colonia Buenavista, a 50 metros de la estación del Metro Revolución, donde desde entonces han ocurrido unos hechos poco comunes, como que algunas personas han pagado hasta $40 mil por hospedarse en la misma habitación, que la silla del cuarto fue robada y que desapareció el libro de registro de huéspedes.
Según relatan quienes atienden ese hotelucho de paso, ha habido personas que han pagado hasta 40 mil pesos por pasar una noche en la misma habitación, por la cual ordinariamente cobran 100 pesos por pasar un par de horas.
En la década de los 60, el ambiente en esa zona que era comercial y de gente que viajaba del interior del país a la capital, pues a medio kilómetro se encontraba estación de trenes Buenavista, se ha vuelto zona roja en la que abundan drogadictos, homosexuales y prostitutas.
Por la acera del hotel desfilan en busca de clientela desalineadas “sexoservidoras” y homosexuales, y se ha convertido en guarida de narcotraficantes y drogadictos, según algunos vecinos del lugar.
En el interior todavía quedan rasgos de lo que era su antigua decoración: los pisos cubiertos de loseta color amarillo, con un marco de loseta color verde; aún se conservan unas sillas y mesas de madera de la década de los 60.
Para llegar a la habitación donde Oswald pasó cinco días, entre el 27 de septiembre al 1 de octubre de 1963, de acuerdo con un reporte de la desaparecida Dirección Federal de Seguridad, hay que subir hasta el tercer piso por una escalera que parece una espiral ascendente tan estrecha que solamente cabe una persona adulta.
La habitación número 18 no tiene ventanas a la calle, conserva la mesa de madera quemada por colillas de cigarrillo, en la que Oswald habría puesto sus periódicos que a diario leía, según comenta un empleado del lugar.
?Dicen que era un hombre solitario, callado, que salía por las mañanas a buscar el periódico, quizá se quedó aquí porque este es un hotel muy barato y tranquilo, especialmente el cuarto 18, porque al cerrar la puerta no se oye ni un ruido, es ideal para poder pensar?, señala el encargado del hotel, quien prefiere no dar su nombre.
?La silla del cuarto en el que Oswald pernoctó fue robada?, asegura la encargada de la recepción del ya famoso hotel de mala muerte que ahora es frecuentado por “sexoservidoras”, homosexuales y drogadictos.
A eso hay que añadir que hasta hace un lustro el hotel era visitado por dos extranjeros: un japonés y un marino holandés, según informa el encargado.
Además, después del asesinato del presidente Kennedy desapareció misteriosamente el libro de registro de huéspedes del hotel, como si se quisiera borrar todas las huellas del presunto asesino durante su visita a México.
A 44 años de uno de los magnicidios más grandes en la historia de los Estados Unidos de América, continúan siendo un misterio las horas que Oswald pasó en la habitación número 18 del asqueroso hotel Comercio de la ciudad de México.
Y a 44 años de distancia de ese hecho sigue sin aclararse el asesinato del más popular 35o. presidente del país más poderoso del mundo, John F. Kennedy, uno de los pocos mandatarios de ese país que ha sido muy querido en todo el mundo.