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Por enésima vez

Miércoles, Diciembre 19th, 2007

En innumerables oportunidades he creído oportuno publicar cómo ocurrió realmente la dolorosa y lamentable tragedia en las oficinas de la embajada de España el 31 de enero de 1980, como y consecuencia de la ?toma pacífica? de un grupo de campesinos del Triángulo Ixil del Quiché que, encabezados por el campesino Vicente Menchú, dirigente del Comité de Unidad Campesina (CUC), brazo armado de la subversión guerrillera, y bajo la dirección de los miembros de una célula de activistas comunistas, estudiantes de la Universidad de San Carlos (USAC), encabezados por una estudiante de Derecho, armados con machetes, pistolas y botellas con mecha llenas de gasolina (bombas molotov), llevaron a cabo la llamada ?Operación Subida?, se apoderaron de esas instalaciones diplomáticas y tomaron como rehenes a sus ocupantes.
A pesar de exponerme a ser repetitivo, hoy considero conveniente volver a dar a conocer esa historia para beneficio de quienes ignoran la verdad sobre ese trágico episodio que costó la vida a 37 personas como el ex Vicepresidente de la República, licenciado Eduardo Cáceres Lehnhoff, el ex ministro de Relaciones Exteriores, licenciado Adolfo Molina Orantes, y el secretario de esa misión, mi estimado amigo Jaime Ruiz del Árbol, además de todos los miembros del personal diplomático y administrativo de esas oficinas, y de los integrantes de ese grupo invasor conformado por unos cuantos campesinos y unos estudiantes de la USAC que dirigieron la “operación”.
Vayamos por partes. El embajador de España en Guatemala era el socialista Máximo Cajal y López, quien no se encontraba a gusto en nuestro país porque habría preferido ser embajador en Cuba; y, además, el gobierno que presidía el general Fernando Romeo Lucas García le era odioso por muchas razones. Por otra parte, este diplomático se relacionaba constantemente con unos sacerdotes católicos que eran simpatizantes, partidarios o partícipes de la subversión, y algunos curas guatemaltecos, entre ellos monseñor Juan José Gerardi Conedera, quien desde 1974 era obispo del Quiché y presidente de la Conferencia Episcopal de Guatemala, además de ser simultáneamente administrador apostólico de La Verapaz, un departamento en el que había una fuerte confrontación armada entre las fuerzas regulares del Ejército y las fuerzas irregulares guerrlleras, por lo cual habían muerto muchos catequistas.
En El Quiché la lucha entre ejército y guerrilla se volvía cada día más fuerte y alcanzó situaciones terribles entre 1980 y 1983. La situación en El Quiché era bastante difícil. Eran los años en que la violencia crecía mucho en este territorio, uno de los más pobres del país. Cientos de catequistas y directivos de las comunidades cristianas habían muerto, casi todos indígenas. Según el informe del REMHI, el gran impacto de la violencia fue contra los líderes sociales, que eran 90% civiles.
En abierta violación a lo que estipula la Convención de Viena sobre las Relaciones Diplomáticas, el embajador Cajal y López se entrometía de esa manera por su tendencia ideológica socialista en asuntos internos de Guatemala, y con ese propósito había hecho varias visitas a la región del Triángulo Ixil de El Quiché donde se había reunido con monseñor Gerardi y militantes de la subversión, entre ellos Vicente Menchú, con quien acordó prestarse para que en la casa que ocupaban sus oficinas se llevase a cabo la ?Operación Subida? consistente en la toma, aparentemente pacífica, de las instalaciones, para hacer una conferencia de prensa con amplia cobertura nacional e internacional para protestar por las acciones militares que se estaban desarrollando en la zona para combatir a la subversión.
En otras palabras, Cajal se ofreció para que las oficinas de la embajada de España sirviesen de caja de resonancia para esa actividad subversiva cuyo objetivo era causar desprestigio al gobierno. Con ese propósito en mente, Cajal hizo varios viajes al Quiché, en el último de los cuales participó el secretario Ruiz del Árbol, quien estaba en total desacuerdo con esa actividad que es a todas luces impropia de los diplomáticos, y así nos lo manifestó a varias personas, anunciando su determinación de renunciar a su cargo y regresar a España para no verse involucrado en esa actividad que está terminantemente prohibida en la diplomacia.
Para darle más resonancia a esa “operación” subversiva, el embajador Cajal aprovechó que unos destacados profesionales del Derecho ?entre quienes se encontraban los licenciados Eduardo Cáceres Lehnhoff, ex Vicepresidente de la República, y Adolfo Molina Orantes, ex ministro de Relaciones Exteriores, el licenciado Luis Beltranena Sinibaldi y el catedrático universitario doctor Mario Aguirre Godoy y otros- le habían solicitado por teléfono pocos días antes una audiencia para darle a conocer los planes para una próxima reunión a la que asistirían unos abogados españoles; y, con excesiva insistencia, les convocó precisamente para el mismo día y a la misma hora de la “Operación Subida”, con el malévolo propósito que sirvieran como rehenes durante el desarrollo de la “operación” subversiva. Pero el licenciado Beltranena Sinibaldi no quiso acudir a la cita porque le pareció sospechosa la insistencia de Cajal y el doctor Aguirre Godoy sí asistió, pero logró escapar a tiempo de los invasores a la embajada.
El 29 de enero, los campesinos encabezados por Vicente Menchú, “tata” de Rigoberta Menchú Tum, en un tiempo activista subversiva posteriormente Premio Nobel de la Paz 1992, viajaron en camioneta de El Quiché a la capital y esa noche durmieron en la USAC, para lo cual habian hecho previamente los arreglos pertinentes. Allí se les unió una célula comunista que había sido escogida para dirigir la “operación”, encabezada por una aguerrida activista estudiante de la facultad de Derecho. De acuerdo a lo acordado, a primeras horas de la mañana se trasladaron a un lugar cercano a las oficinas de la embajada de España y exactamente a la hora planeada llegaron a esas instalaciones y entraron en “fila india”, uno tras otro, con las caras cubiertas con pasamontañas y armados de machetes y botellas llenas de gasolina y con mechas, o sea bombas molotov. Desde que entraron anunciaron en voz alta que la embajada había sido ?tomada? y conminaron a todos los ocupantes, a quienes calificaron de ?rehenes?, a mantenerse tranquilos y obedecer estrictamente todas las instrucciones que les darían para que no les sucediese nada. Sólo entonces mostraron que también iban armados de pistolas.
Era un hecho que las instalaciones diplomáticas habían dejado de estar controlada por el embajador y ya estaba bajo el control de los invasores, quienes a gritos amenazaban a los rehenes con inmolarse si entraban los policías, pero les advertían que de ser así todos correrían esa misma suerte. Era obvio que la situación era desesperada para los rehenes. Y como los agentes de la Policía Nacional estaban comenzando a imponer su presencia, los instrusos obligaron al ex Vicepresidente Cáceres Lehhoff y al ex Canciller Molina Orantes a que por medio de un megáfono que habían llevado pidieran a los policías que no trataran de entrar a la casa. Lo mismo hizo el embajador Cajal, invocando que de acuerdo a la Convención de Viena las embajadas gozan de inmunidad y las autoridades no deben ingresar a ellas sin autorización del jefe de la misión. Pero ya era evidente que él había perdido por completo el control de la embajada y los invasores ya se habían apoderado de ella.
Al principio trataron de hacer un mitin en un lugar visible y colocaron largas mantas con letreros alusivos en el frente de la casa, pero las quitaron probablemente a solicitud del embajador.
Poco menos de una hora antes, una mujer que formaba parte del personal de la misión diplomática había llamado por teléfono a la Dirección de la Policía Nacional para informar sobre lo que estaba ocurriendo y pedir auxilio, y después se comunicó para lo mismo con la oficina del Viceministro de Relaciones Exteriores, licenciado Alfonso Alonso Lima. Yo desempeñaba el cargo de Embajador de Guatemala en México y había venido a Guatemala por asuntos de trabajo relacionados con una próxima visita a nuestro país del presidente José López Portillo, y había llegado a la Cancillería para informarme detalladamente de ese tema, cuando una persona llamó por teléfono al despacho del Viceministro, licenciado Alfonso Alonso Lima, con quien me encontraba, para decirle lo que estaba sucediendo en las oficinas de la embajada de España y solicitar auxilio. Pero Alonso Lima no me lo dejó saber sino que, visiblemente alterado, me pidió que le disculpase unos minutos porque tenía que ir a hablar inmediatamente con el Canciller, ingeniero Rafael Eduardo Castillo Valdés.
Cuando me quedé solo en el despacho, sonó insistentemente el teléfono y yo la contesté en vista de que nadie atendía la llamada. Del otro lado de la línea una voz de mujer con los nervios alterados me dijo sin darme tiempo a hacer más preguntas, que por favor llamase urgentemente a la Policía para pedir que fuesen a rescatar las instalaciones diplomáticas españolas porque habían sido tomadas por asalto por un grupo de invasores que estaban amados y con las caras tapadas. Sin perder ni un minuto en pensar en protocolos, empujé la puerta del despacho del Canciller y al entrar ví que Castillo Valdés y Alonso Lima estaban visiblemente alterados y nerviosos, lo cual era obvio que se debía a esa misma información. Les dije lo de la llamada telefónica que de ?shute? acababa de atender y ellos me respondieron que ya se estaban tomando las medidas pertinentes para devolver la seguridad y tranquilidad a quienes se encontraban como rehenes en la embajada de España.
Acto seguido caminé hasta Casa Presidencial para almorzar con el Presidente de la República, mi amigo el general Romeo Lucas García, para informarle de los arreglos que estaba haciendo para la próxima visita a Guatemala del Presidente de México. El mandatario estaba sumamente preocupado por lo que estaba ocurriendo en la misión diplomática española y recibía constantes llamadas telefónicas del ministro de Gobernación, licenciado Donaldo Álvarez Ruiz, quien le informaba de todo lo que sucedía. En una de estas llamadas el ministro le informó que numerosos elementos de la Policía Nacional estaban rodeando la embajada para protegerla e impedir el ingreso de otras personas, a lo que el presidente le contestó lo siguiente: ?Decile a Chupina que tenga mucho cuidado porque en estos casos el que se enoja pierde?.
Cuando terminamos de almorzar me despedí del presidente y me dirigí de regreso al hotel Camino Real, donde estaba hospedado, pero en la esquina de la sexta avenida y 11 calle de la zona 9, a una cuadra de las oficinas de la embajada de España, se bajó corriendo de su automóvil que iba adelante del mío mi viejo amigo y colega Álvaro Contreras Vélez, subdirector del periódico Prensa Libre y Comandante de los Bomberos.
Yo también bajé rápidamente de mi automóvil y seguí a Contreras Vélez para ver lo que estaba sucediendo en la embajada española. De pronto se escucharon varios balazos disparados en el interior de la casa, por lo que un hijo del ex canciller Molina Orantes y otros parientes de otros de los rehenes se alarmaron y pidieron a gritos a los policías que actuaran en alguna forma para liberar a los rehenes, tras de lo cual los agentes de la Policía Nacional recibieron órdenes de ingresar a la casa por el techo o por las puertas y ventanas.
En esa actividad estaban cuando uno de los invasores arrojó a los policías una botella con gasolina con la mecha encendida (bomba molotov) por un agujero que habían abierto por un vidrio que rompieron. Pero la botella no logró pasar por el agujero y cayó sobre la alfombra plástica de la habitación que de inmediato prendió fuego y lo extendió hasta donde tenían sobre la misma alfombra las demás botellas con gasolina que estallaron y produjeron el incendio. Todos los ocupantes de la casa murieron instantáneamente por la falta de oxígeno. Los que estaban arriba estaban horriblemente quemados de algunas partes de su anatomía baja.
Es mentira –totalmente falso – que los policías hayan lanzado desde afuera una bomba de fósforo blanco que causó el incendio. En ningún momento los policías lanzaron al interior de la casa absolutamente nada. El incendio lo produjo una bomba molotov que cayó sobre la afombra plástica e hizo que se incendiaran y estallaran todas las demás botellas con gasolina que tenían, lo cual quemó instantáneamente el oxígeno y mató por asfixia a todos los ocupantes. Así -y no de otra manera- fue como se produjo el incendio que costó la vida a 37 personas.
Quienes son partidarios de la subversión alegan que los policías no debieron tratar de forzar su entrada a la casa porque, supuestamente. -sólo supuestamente, insisto- las embajadas acreditadas en un país gozan de ?extraterritorialidad? o ?extraterritoriedad?, o sea que esas personas creen equivocadamente que las embajadas son una especie de territorio libre y soberano de los países cuyas embajadas tienen esas instalaciones. Eso es falso, porque no lo dice así en ninguna parte la Convención de Viena para Relaciones Diplomáticas. Si así fuere, equivaldría a que el país receptor cedería a las embajadas unas partes de su territorio y su soberanía, lo cual no es así. La ciudad de Guatemala sería como un rompecabezas con tantos territorios libres y soberanos como embajadas hay “cedidos” a otros países.
La Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, firmada el 18 de abril de 1961, estipula que los locales diplomáticos son inviolables y los agentes del estado receptor no deben penetrar en ellos sin el consentimiento del jefe de la misión. Pero también dice en ese mismo artículo que el Estado receptor tiene la obligación de adoptar ?todas las medidas adecuadas? para proteger los locales de la misión contra toda intrusión o daño, y evitar que se turbe la tranquilidad de la misión. Y era obvio que en las oficinas de la embajada de España no había ni la más mínima tranquilidad desde el momento que habían sido invadidas por personas extrañas con las caras cubiertas con pasamontañas y armadas con bombas molotov que les habían advertido que la embajada estaba ?tomada? por ellos y ellos que se habían convertido en rehenes. Lógicamente, las autoridades tenían la obligación de devolver la tranquilidad a los diplomáticos que habían perdido el control de sus instalaciones.
Para concretar, el artículo 22 de la Convención de Viena dice textualmente lo siguiente:
?1) Los locales de la misión son inviolables. Los agentes del Estado receptor no podrán penetrar en ellos sin consentimiento del jefe de la misión.
2)El Estado receptor tiene la obligación especial de adoptar todas las medidas adecuadas para proteger los locales de la misión contra toda intrusión o daño y evitar que se turbe la tranquilidad de la misión o se atente contra su dignidad. (El subrayado es mío)
3) Los locales de la misión, su mobiliario y demás bienes situados en ellos, así como los medios de transporte de la misión, no podrán ser objeto de ningún registro, requisa, embargo o medida de ejecución.?
¡Más claro no canta un gallo! Los agentes de la Policía Nacional recibieron órdenes de devolver a los diplomáticos españoles el control de las instalaciones y la tranquilidad, pero las bombas molotov de los invasores causaron el incendio que mató por asfixia a todos sus ocupantes, incluyendo a los intrusos que protagonizaron la toma supuestamente pacífica de la embajada.
Si el nefasto y maldito embajador Máximo Cajal hubiese tenido los pantalones para reconocer ante las autoridades que los campesinos y miembros de la célula comunista universitaria eran sus invitados, otra cosa habría sucedido. Las autoridades hubiesen tenido que respetar su derecho a escoger a sus invitados. Pero, fue evidente que él trató de conservar su posición diplomática y su imagen ante su gobierno y no lo reconoció. Se dio por satisfecho y feliz con haber salvado su vida milagrosamente y haber sido recogido por una ambulancia de la Cruz Roja que estaba estacionada “oportunamente” frente a la embajada a cargo de la adinerada señora Odette Arzú de Canivell, accionista de la empresa de la Cervecería Centroamericana y alta funcionaria de esa institución benéfica. Es tan “españolizada” esta señora que habla como si fuese nativa de ese país. Nunca se supo por qué se encontraba en ese lugar justamente en ese momento, pero su íntima amistad con el embajador Cajal y su amante (una socialista que es hija muy guapa del humorista socialista Álvaro de La Iglesia), su ampliamente conocida tendencia izquierdista y su simpatía por la subversión guerrillera hicieron sospechar que ella ya sabía que iba a producirse la “toma pacífica” de las oficinas de la embajada.
Otra persona que se salvó milagrosamente fue el infeliz campesino Gregorio Yujá, sobre cuyo cuerpo cayeron encima otras personas cuando se produjo el estallido y el incendio y en esa forma le salvaron la vida, pero después fue trasladado a un hospital privado, donde también se encontraba el embajador.
Pero lamentablemente las autoridades no tuvieron el cuidado de darle la protección adecuada y durante la noche fue secuestrado y asesinado, y para hacer creer que el asesinato lo había cometido el gobierno, los autores fueron a tirar su cadáver al campus de la USAC. Si hubiese sido el gobierno el autor del crimen, en vez de haberlo usado para decir públicamente por qué y cómo se había llevado a cabo la ?Operación Subida?, no creo que habría sido tan estúpido de ir a dejar el cadáver al campus de la universidad para que la subversión lo empleara para acusar al gobierno de asesino ante el mundo entero.
Esta es la verdad de lo que ocurrió en esa espantosa tragedia que fue causada por la insensatez e irresponsabilidad del nefasto embajador de España, Máximo Cajal y López, por haberse entrometido en los asuntos internos del país ante el cual estaba acreditado. ¡Y pensar que después de eso todavía fue “premiado” por el gobierno socialista de aquellos días en España con un cargo más alto! ¡Lo que se merecía por su comportamiento era un escupitajo en la cara! ¡Y encima de todo se permitió el cinismo de publicar un libro lleno de calumnias y embustes que tituló “¡Saber quién puso fuego ahí!” y el subtítulo “Masacre en la Embajada de España”. Y en vez de que los tribunales de justicia guatemaltecos soliciten su extradición de España para juzgarle y hacerle pagar por las 37 muertes que causó su estupidez, dos jueces de la Audiencia de España se permitieron la arrogancia de tratar de violar la soberanía guatemalteca al ordenar a los tribunales guatemaltecos la captura de ex funcionarios del gobierno de Guatemala que no hicieron otra cosa que cumplir con su deber al combatir a la insurrección guerrillera comunista que estuvo a punto de apoderarse de nuestra patria para imponer un régimen como el de Fidel Castro en Cuba o el de los sandinistas de Daniel Ortega en Nicaragua; o, posteriormente, el del gorila dictador Hugo Chávez en Venezuela. ¡Menos mal que los magistrados de la Corte de Constitucionalidad les mandaron al carajo! ¡Menos mal!