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Repetición solicitada

Viernes, diciembre 28th, 2007

Muchas personas que no se encontraban en Guatemala y no pudieron tener acceso a una computadora el 25 del mes en curso, cuando publiqué la crónica personal A la sombra del baobab, escrita por el compatriota Edmond Mulet, sobre su reciente periplo por África en su calidad de Subsecretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y Jefe de las misiones de paz, me han solicitado que la vuelva a publicar y hoy les complazco gustosamente para que puedan leerla quienes no pudieron hacerlo el día de Navidad y vuelvan a leerla quienes ya lo hicieron, porque vale la pena leerla de nuevo.
Crónica del embajador Edmond Mulet
A manera de regalo navideño y para deleite de mis lectores, hoy voy a reproducir una crónica personal de mi querido y admirado amigo el licenciado Edmond Mulet, titulada ?A la sombra del moabab?, sobre uno de los viajes que, en su calidad de Subsecretario de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y Jefe de las misiones de paz, hizo recientemente a varios países de África. Al leerlo podrán darse cuenta de las torpeza e ingratitud que cometieron los ministros de Relaciones Exteriores Eduardo Stein Barillas y Jorge Briz Abularach cuando, a pesar de que Mulet estaba desenvolviéndose con tanto acierto y éxito en el cargo de embajador de Guatemala en Bruselas, ante la Unión Europea, fue sustituído por el repugnante homosexual y servil ex diputado del FRG, Antonio Arenales Forno, uno de los miembros del clan SkinnerKlée-Arenales, que desde hace largo tiempo viven como parásitos de los presupuestos de la Cancillería y del Cuerpo Diplomático.
Vean ustedes la diferencia entre el trato injusto que le dieron a nuestro ilustrado compatriota Edmond Mulet los mencionados ex cancilleres y el que está recibiendo actualmente en otras partes del mundo por su alto rango en la ONU. Como se suele decir en francés: ¡Vive la difference! Una vez más se puede comprobar que nadie es profeta en su pueblo. Sin embargo, Mulet tiene que estar dando gracias a Dios de que el gobierno de Guatemala le quitó repentinamente el cargo y cortó su brillante carrera diplomática, porque gracias a ello obtuvo en la ONU primero el importante cargo de Jefe de la Misión de Paz en Haití y después fue promovido al que actualmente desempeña. Si los mencionados ex cancilleres habían tratado de perjudicarle cuando lo quitaron de Bruselas, se equivocaron porque lo que hicieron fue todo lo contrario.
Solamente otros dos guatemaltecos habían llegado antes a desempeñar cargos de tanta importancia en la ONU: el licenciado Federico Rölz Bennet (1918-1972), abogado y humanista, quien en Guatemala había sido presidente del Instituto de Seguridad Social y fue uno de los fundadores y catedrático de la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos, posteriormente trabajó muchos años en la ONU hasta que llegó a desempeñar el cargo de Secretario General Adjunto (1968-1972) cuando era Secretario General de esa organización el diplomático birmano Maha Thray Sithu U Thant, quien asumió ese cargo a partir de septiembre de 1961 al sustituír interinamente al diplomático sueco Dag Hammarskjöld cuando éste murió en un accidente aéreo en el África, hasta que se retiró en 1971 por estar padeciendo de cáncer y fue sustituido por el diplomático austriaco Kurt Waldheim; y el otro guatemalteco fue el licenciado Emilio Arenales Catalán, quien primero fue embajador de Guatemala ante la ONU (1955) y posteriormente fue funcionario de la ONU y de la UNESCO, hasta que fue electo presidente de la Asamblea General celebrada en 1968 mientras que al mismo tiempo desempeñaba en Guatemala el cargo de ministro de Relaciones Exteriores del gobierno que presidió el licenciado Julio César Méndez Montenegro (1966 a 1970), hasta que murió de cáncer el 17 de abril de 1969, a la edad de 47 años, cuando se estaba comenzando a preparar su candidatura ya fuera para la Secretaría General de la ONU o para Presidente de Guatemala en sustitución de Méndez Montenegro.
A LA SOMBRA DEL BAOBAB
Después del viaje que me llevó a Ginebra (Mont Pelerin), Pristina (Kosovo), Belgrado (Serbia), Bruselas y Oslo, volví dos dias a Nueva York para luego emprender un periplo de lo más interesante por los confines arenosos de África. Salí de Nueva York el 3 de noviembre y regresé el 18 con el recorrido siguiente: Frankfurt, Khartum (Sudán), Adis Abeba (Etiopía), Bab-el-Mandeb (entre Aden y Djibouti), Asmara (Eritrea), de vuelta a Khartum, Kadugli (Kordofan del Sur), Juba (Sudán del Sur), El Fasher (Darfur Norte), Nyala (Darfur Sur), N?Djamena y Abeche (Chad), para volver a Nueva York vía París.
Era un viaje de familiarización, ya que en esos paises tenemos cuatro de las operaciones de mantenimiento de la paz más importantes, por lo que tuve la oportunidad de sostener reuniones con presidentes, primeros ministros, ministros de relaciones exteriores, jefes de estado mayor, grupos de amigos, embajadores, etcétera, habiendo sido siempre recibido en aeropuertos al más alto nivel, con todas las dignidades del caso, con escoltas, patrullas, sirenas y demás expresiones del poder. Por supuesto, fue parte primordial del viaje encontrarme con mis colegas de la ONU de mi Departamento de Mantenimiento de la Paz y los representantes de otras agencias. Nunca había estado en esa parte del mundo, por lo que fue muy ilustrativo ver en el terreno las realidades sociales, económicas, políticas y de seguridad en cada país, y lo que puedo concluir, en primer término, es que los guatemaltecos no tenemos ni idea del paraíso en el que vivimos en todos esos campos (políticos, económicos, desarrollo, etcétera), a pesar de nuestras limitaciones y problemas, pero nada comparado a las miserias, las guerras, los conflictos, la corrupción, el clima, el nivel intelectual, los temas religiosos, y demás temas de polarización y de fricción.
Los vuelos de ida y vuelta desde N?Djamena hasta Adis Abeba fueron comerciales, y todos los demás en aviones de Naciones Unidas, incluso el vuelo de Asmara a Khartum en un Lear-jet para seis pasajeros, una verdadera bala que nos llevó a más de 800 kilómetros por hora por encima del desierto. Todo el tiempo tuve dos muy eficientes asistentes conmigo que me ayudaron preparando los documentos para las reuniones, quienes me informaban sobre los temas a tratar, quienes hacían resúmenes de lo conversado. Una asistente estuvo conmigo todo el tiempo y los otros se iban turnando (viniendo desde NY) para cada una de las diferentes misiones y países visitados.
Toda esa parte del continente africano es tambien la tierra más anciana de la Tierra, de donde viene, literalmente, la Humanidad. Por cierto, en Adis Abeba, quise visitar a Lucy pero, desgraciadamente, andaba en Houston en visita médica (me imagino que de preservación), por lo que no pude verla. Desde los aviones y en los recorridos que hice por tierra, se pueden apreciar farallones verticales, barrancos profundísimos, cataratas elevadísimas, estructuras rocosas impresionantes, tanto por su forma como por sus dimensiones. También en el tema cultural hay tradiciones milenarias, idiomas y escrituras sorprendentes, como en Etiopía el Amharico. Cosa que yo no sabía, y si alguna vez lo supe se me había olvidado, es que en Etiopía todavía no han adoptado el Calendario Gregoriano, sino que se rigen (el único país del mundo, creo) por el Calendario Juliano, por lo que no fue sino hasta hace un mes y medio, en septiembre, cuando celebraron el Milenio. Ademas, su reloj es diferente al de todos, ya que para ellos el dia empieza con la hora uno (que para nosotros es las seis de la mañana). Si a uno lo invitan a desayunar a las dos de la mañana, para nosotros quiere decir las 7 am, si ellos convocan a una reunión a las 10 horas, quiere decir que lo esperan a uno a las 3 pm. Tanto el calendario, como el horario y el idioma son todos oficiales y de aplicación rigurosa, incluso para el otro cincuenta por ciento de la población que no es ortodoxa etiope, sino musulmana. Hay que decir que, a diferencia de otros paises, en Etiopia y Eritrea el tema religioso no es contencioso y ambas congregaciones conviven en un ambiente de relativo respeto, así como con las minorías judías, católicas, animistas y protestantes, alternándose en los pueblos y ciudades campanarios y minaretes. Adis Abeba está como a 2,400 metros de altura y es como ver una gran Xela, tanto como por su vegetación como por sus edificios, aunque con algunos bulevares y avenidas más anchos. Aparte de una catedral ortodoxa y el antiguo palacio imperial de Haile Selassie (hoy palacio presidencial), no hay nada importante, realmente. Algunos monumentos típicos de la era marxista de Mengistu aún sobreviven.
Dada la situación de guerra existente entre ambos países, no era posible volar directo de Adis Abeba a Asmara, por lo que nuestro avión tuvo que desviarse hacia Djibouti, volar hacia Aden y luego entrar al espacio aéreo eritreo, sobrevolando Bab-el-Mandeb, lo cual me significó una emoción muy fuerte, ya que siempre, desde que tenía como 10 u 11 años, había estado fascinado por ese punto de contacto entre el Mar Rojo y el Océano Índico, preguntándome cómo podría ser. Aterrizamos en Assab, exactamente sobre el Estrecho y pude presenciar lo que es el contorno físico del Estrecho, con ese viento fortísimo, hirviendo, que levanta la arena bajo un sol ardiente. Del antiguo puerto italiano, destruído por las guerras, no queda gran cosa, sino óxido y desolación. En cuanto al clima inclemente, por primera vez entendí y lo pude ver el resto del viaje, por qué los habitantes de esas latitudes se cubren de pies a cabeza de trapos, ropas, túnicas, telas y vestimentas, enrollándose turbantes y cubriéndose la cara, a pesar del gran calor. Pues es precisamente por eso, por el calor. En el resto del mundo, cuando hay calor tendemos a quitarnos la ropa, a tener vestimenta liviana, pero ahí es al revés, entre más calor, más se visten, y esto es porque el calor es tan, tan intenso, tan fuerte, que es como meter la mano en un horno. Cuando metemos la mano o el brazo en un horno ardiente para meter o sacar un plato, usamos un trapo o un guante para no quemarnos, y ese es el principio que se usa para sobrevivir ahí: hay que cubrirse, taparse, protegerse, para que el calor no lo queme a uno, y entre más ropa mejor, para que la quemada sea menor. Las temperaturas llegan a los 55 o más grados centígrados algunos meses del año, así que personas, animales, plantas, fuentes de agua, etcétera sufren enormemente.
Asmara, la capital de Eritrea, también está a una gran altura (2300 metros) y al borde de un extenso altiplano que luego desciende verticalmente hacia el mar. El clima es muy agradable y esa fue la razón por la que los italianos escogieron ese emplazamiento para diseñar y construír esta bellísima ciudad entre los años 20 y mediados de los 40, hasta el final de la guerra. Está muy bien planificada y todo el estilo es art-deco y mediterráneo, de una gran esquisitez, con la ventaja que las guerras no la han afectado. Hay edificios, catedrales, iglesias, mercados, fábricas, gasolineras, parques, cines, teatros, todo creado de la nada, pero uno se creería en el sur de Europa. Desgraciadamente, todo el ímpetu positivo, creado despues de la guerra de independencia, el regreso de la diáspora, las inversiones, la estabilidad y la paz, todo eso se ha desvanecido con ocasión de la Segunda Guerra entre Eritrea y Etiopía, los miles de desplazados, los refugiados, el subdesarrollo economico. ¡Pobre pais! Los eritreos y los etiopies son lo mismo, la misma raza, las mismas religiones, las mismas tradiciones y cultura, los mismos idiomas (pero no el calendario ni el horario), las mismas costumbres culinarias (todo se come con las manos, sin cubiertos, o tomando la comida con la ayuda de un pan hecho de un grano muy ácido), la misma historia? pero se odian a muerte, desde los jefes de Estado hasta el último mortal. Como cosa extraordinaria, me permitieron recorrer la zona de seguridad temporal (TSZ), todo con escolta de la ONU, pero debiendo pasar por muchos check-points, y pude ver cómo los eritreos están movilizando hacia la frontera tropas, tanques, armamento pesado, etcétera, lo mismo que los etiopes del otro lado. Aunque tanto el presidente de Eritrea como el Primer Ministro de Etiopía me garantizaron que ninguno de ellos iniciaría la guerra y que, en todo caso, sólo reaccionarían a la provocación de la otra parte, todos sabemos que la ofensiva siempre la inició ?el otro? y que ?nosotros sólo respondimos a la acción del otro?, o sea que la situación es muy tensa. Asimismo, pude apreciar unos paisajes fantásticos, con montañas que se erigen muy altas desde las planicias desoladas, muros de granito de centenares y centenares de metros de altura. Desgraciadamente, tuve poca oportunidad para fotos, ya que las comitivas iban siempre muy rápido y el polvo no permite tomas adecuadas, ni siquiera de las caravanas de camellos, ni de los miserables mercados grises y tristes por donde pasamos.
De Asmara a Khartum, como dije antes, volamos en un rapidísimo y muy confortable Lear-jet Bombardier. Todos los vuelos realizados en este viaje fueron largos, muy largos, ya que las distancias son enormes. De un lugar a otro tomaba una eternidad. Sólo Sudán es del tamaño de Europa Occidental entera, sólo Darfur es más grande que Francia. Al llegar a Khartum, lo más impresionante desde el aire es ver la confluencia del Nilo Azul y el Nilo Blanco, para formar el Nilo que se desliza hacia el norte, hacia Egipto. También es maravilloso ver cómo, lado a lado, el río riega la ribera hasta cierto punto, haciéndola verde y productiva y, despues, empieza el desierto. Khartum es muy grande con más de 8 millones de habitantes y todos sufren cuando viene el Haboob, la tormenta de arena, que todo lo paraliza. Después de tres días en la capital sudanesa, atendiendo muchas actividades, volamos hacia el Estado de Kordofan del Sur (Kadugli, su capital). Luego volamos hacia Juba, a la orilla del Nilo Blanco, la capital de Sudán del Sur, un Estado autónomo, cuasi independiente, en donde dormimos en nuestro campamento (ya no en hotel, como en las anteriores ciudades) y, por si las moscas, durante toda la noche estacionaron un gran tanque debajo de mi ventana con soldados armados, para que me protegieran de cualquier ataque. Ademas del gobierno, tuve un encuentro con 120 líderes rebeldes de Darfur, que estaban aquí en conversaciones para unificar criterios paras las conversaciones de paz. Los turbantes, muchos de ellos en tela de camouflage, y las túnicas y trajes tradicionales, dieron autenticidad al encuentro, en donde pude conversar con ellos, con intérprete, durante casi dos horas en medio de la noche. Aquí la vegetación es más tropical, el calor menos seco y más húmedo y se está a la orilla de las grandes selvas y de la región de los Grandes Lagos (Albert, Victoria, etcétera) que están un poco más al sur. Luego tomamos otro avión que nos llevó al corazón del Darfur Norte y su capital, El Fasher, una ciudad sobre arena, hecha de ladrillos de arena, en donde sopla la arena y se vive en la arena. Las condiciones de vida y de trabajo para mis colegas que se encuentran ahí, militares y civiles que están preparando la llegada de los grandes contingentes que se supone que van a garantizar la paz en esa región, son muy, muy difíciles. No hay nada de nada y nuestros campamentos son aún incipientes. Luego de una noche ahí, volamos otras horas hacia Darfur del Sur y Nyala, su capital, un poco más desarrollada que la anterior y en donde también fui recibido muy gentilmente por el Wali (gobernador). Las visitas a los campamentos de desplazados y refugiados fueron muy conmovedoras, ya que cientos de miles de personas, ancianos, mujeres, niños, hombres, sobreviven en condiciones infrahumanas, bajo aquel sol, con aquel calor, sobre aquella arena, en covachitas algunos y bajo tiendas de campaña otros. Me reuní con ellos en varias ocasiones, a veces al sol, a veces bajo tiendas y, una vez, de manera muy especial, a la sombra de un baobab. En esta región, este arbol, familia de la ceiba, es lo único que dá un poco de proteccion contra el sol. Su fruto, una vaina muy larga, dá una semilla muy ácida que al cocerse con agua y agregársele azúcar, produce una bebida refrescante muy sabrosa. El encuentro junto al baobab, en medio de la inmensidad del desierto, con delegados de los desplazados, de los rebeldes, de las milicias, muchos llegados en camellos o en el lomo de rápidos caballos árabes, para encontrarse con el representante de las Naciones Unidas, esperanzados que nuestra presencia aliviará sus necesidades y traerá paz, fue muy emotiva, sobre todo porque más que las palabras, los ojos de mis anfitriones, gritaban esperanza e ilusión de un cambio en sus vidas, y yo sabiendo que quizas no se los podamos dar. Si logramos desplegar una fuerza de 25 mil hombres, si los países contribuyentes de tropas las dan, si las equipan adecuadamente, si disponemos de helicópteros y de aviones, y de transporte terrestre, y si tenemos campamentos adecuados para alojar y alimentar a todo nuestro personal, de todas maneras, si es que llegamos a nuestra meta, estaremos muy débiles para cubrir una área más grande que Francia. Ya desde al avión, yendo de un lugar a otro, pude darme cuenta de lo vasto de esa tierra y cómo muchas de esas aldeas y pueblos han sido destruídos y quemados durante la guerra, lo que ha generado a todos esos desplazados y refugiados, ahora viviendo de la caridad internacional, en campamentos bajo el sol, en esos desiertos.
De Darfur volamos hacia la capital de Chad, N?Djamena, el antiguo Fort Lamy de los franceses, en el borde del desierto, en donde conviven los touaregs del norte y las gentes del África negra de más al sur y del oeste. Esta ciudad es un poco menos que Escuintla, para decir algo, pero con arena. Cuando bajé del auto para visitar al Primer Ministro, lo hice caminando en la arena, la cual se extiende hasta la puerta misma de su oficina, por lo que al entrar a su despacho también se introduce la arena. Al otro día fuimos a Abeche (otras dos horas en avión), que es el punto más alejado de cualquier océano o mar en el continente africano. Es el mero corazón de África. Y ahí y en toda esa región tenemos que instalar campamentos, desplegar soldados y civiles, ayudar en los campamentos de refugiados. Y ¿cómo llegar hasta ahí? No hay carreteras, no hay caminos, no hay pistas de aterrizaje. ¿Cómo construir campamentos, cómo llevar agua y comida para nuestra gente? Es una tarea impresionante y, sin embargo, lo vamos a hacer. Es admirable la dedicación de todos esos hombres y mujeres de las Naciones Unidas que se dedican a la causa de la paz.
Dos semanas fuera. Y ahora hay que ponerse al día en Nueva York.