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El último vuelo de Saint-Exupéry

Domingo, Marzo 30th, 2008

Ante las repentinas y soprendentes declaraciones del piloto de la Fuerza Aérea alemana Luftwaffe, Horst Rippert, de que fue él quien pocos días antes del final de la II Guerra Mundial derribó el avión del genial escritor francés Antoine de Saint-Exupéry, ha vuelto a ser noticia, después de 64 años de la muerte del escritor y aviador francés autor de El Principito, Vuelo Nocturno, Tierra de Hombres y otras obras más.
Antoine de Saint-Exupéry inició y terminó su vida de adulto con dos paradojas. La primera fue que al día siguiente de haber cumplido diecisiete años, la edad en la que los jóvenes francesas eran enviados al frente de guerra, concluyó la Primera Guerra Mundial y él se quedó con el deseo de servir a su patria. Y la segunda fue que menos de tres décadas después, su avión fue derribado pocos días antes del fin de la Segunda Guerra Mundial. Si alguien le hubiese informado la noche antes de despegar para sacar fotografías aéreas de las zonas ocupadas por las tropas nazis, seguramente se hubiese cancelado la misión y habría salvado la vida. Quienes solamente le conocen por haber leído El Principito tienen dificultad para visualizarlo como un hombre de acción, como un héroe de guerra, pero Saint-Exupéry fue un héroe nacional de Francia. Incluso su retrato aparecía en el billete de 50 francos, actualmente ya retirado de circulación.
Saint-Exupéry volaba de regreso a su base de operaciones en la isla de Córcega, después de haber tomado fotografías aéreas del territorio francés ocupado por tropas alemanas, para contribuír a preparar la invasión a Europa por Normandía de las fuerzas aliadas en el ?Día D?. A pesar de que ya había sobrepasado la edad máxima para ser piloto de guerra, gracias a sus influencias de alto nivel ?no hay que olvidar que tenía el derecho de usar el título nobiliario de Conde, cosa que le desagradaba mucho? él fue asignado a esa escuadrilla para tomar fotografías aéreas del territorio francés ocupado por las tropas alemanas. La leyenda dice que Saint-Exupéry a veces se demoraba más de la cuenta en sus vuelos para observar el castillo donde pasó su infancia y cuyos jardines jamás llegó a conocer por completo. Sin embargo, después de su muerte este castillo fue donado a su viuda por el gobierno francés y estuvo abierto a los turistas en las mañanas para recaudar dinero para contribuír a su sostén.
Consuelo Suncín y Gómez Carrillo
La viuda de Saint-Éxupéry fue la salvadoreña Consuelo Suncín Sandoval, quien antes había estado casada con el periodista y escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (1873-1927), hijo del historiador Agustín Gómez Carrillo y de una señora de origen salvadoreño de apellido Tible, pero como sus amigos se burlaban de él llamándole “gomestible”, decidió sustituír el apellido Tible por Carrillo, el apellido materno de su padre. En 1898, el presidente Manuel Estrada Cabrera lo nombró Cónsul en París y después en Hamburgo; y años más tarde el presidente argentino Hipólito Irigoyen lo nombró Cónsul de Argentina en París, cargo que desempeñó hasta su muerte. Durante su velorio su féretro fue cubierto con la bandera argentina. Está catalogado por la crítica mundial como ?El príncipe de los cronistas?. Sus restos están enterrados en el cementerio Père Lachaise de París, al lado de los restos de grandes escritores, filósofos, políticos, artistas y compositores. Allí mismo están enterrados los restos de otro ilustre compatriota nuestro, el ex periodista, abogado, escritor, poeta y diplomático Miguel Ángel Asturias, premio Lenin de la Paz y premio Nobel de literatura.
Tuve el gusto de conocer personalmente a Consuelo Suncín durante la boda de dos herederos millonarios en San Salvador, y conversé con ella varias veces en una corta visita que hizo a Guatemala en julio de 1972. Escribió esta dedicatoria en un ejemplar de la vigésimanovena edición de El Principito con ilustraciones del autor de la editorial argentina Emecé: “En recuerdo de mi marido. A Jorge Palmieri, que anda en busca de su planeta y temiendo ser encantado por una sóla flor… Corre, vuela, grita, Jorge, hasta que la encuentres, y ven a contármelo. Con toda simpatía cariñosa”. Y firmó la dedicatoria: “Comtesse de Saint-Exupéry”.
Mujer atractiva y generosa para sus amores
Esta pequeña atractiva mujer, de baja estatura física, estaba emparentada con la familia del destacado político y anticomunista por excelencia Mario Sandoval Alarcón, ex vicepresidente de la República de Guatemala. Ella fue lo que se llama “una mujer de armas tomar”. Había abandonado Santa Ana (El Salvador) para buscar en el extranjero horizontes más promisorios y se trasladó a la ciudad de México donde trató de ser periodista, pero nunca logró significarse como tal. Sin embargo, fueron notorias sus numerosas relaciones amorosas. Entre otras con el destacado abogado, político y filosofo José Vasconcelos Calderón, fundador de la Secretaría de Educación y dos veces candidato a la presidencia de la federación.
Musa de Saint-Exupéry
Gómez Carrillo afirmaba que ella había sido “la auténtica rosa” de El Principito. Su relación con Saint-Exupéry fue muy conflictiva y problemática, sobre todo por su afan de notoriedad y su presunción de hacerse llamar siempre “condesa”. Y cuando Saint-Éxupéry regresó a Francia después de habe estado perdido durante algún tiempo en el desierto del Sahara, la encontró desempeñando “muy profesionalmente” el papel de viuda que había aprendido desde cuando enviudó de Gomez Carrillo.
El político mexicano José Vasconcelos
Una de las más duraderas relaciones amorosas que tuvo en México fue con el destacado político revolucionario, libre pensador, brillante abogado, pensador, periodista, escritor, educador, diplomático, filósofo y funcionario público mexicano José Vasconcelos Calderón (1882-1959), nacido en Oaxaca, la tierra del “Benemérito de las Américas” Benito Juárez. En dos oportunidades históricas fue candidato a la Presidencia de la República, pero en ambas fracasó. Durante el gobierno del general Álvaro Obregón creó la Secretaría de Educación, cargo que se encontraba desempeñado cuando conoció a Consuelo Suncín, un día que ella le visitó supuestamente para entrevistarlo, pero cuando salió sin la entrevista se había convertido en su amante. Y cuando Vasconcelos huyó de México de nuevo y volvió a buscar asilo político en Francia, se la llevó con él y convivieron juntos varios años en París hasta que él regresó a México donde permaneció hasta su muerte. Pero Consuelo Suncín optó por permanecer en París donde ya sostenía una relación amorosa clandestina con el fecundo escritor, crítico literario y extraordinario cronista de viajes Enrique Gómez Carrillo, precursor del Modernismo, con quien se casó pocos días más tarde.
Enrique Gómez Carrillo
Éste fue un extraordinario periodista y escritor guatemalteco que vivía en París donde ya había publicado cerca de cien obras que obtuvieron éxito de crítica, sobre todo sus crónicas de viajes, y entre ellas particularmente la de su visita al Japón, la cual tituló Japón Misterioso y Galante. Fue condecorado dos veces por el gobierno de Francia, primero como oficial de la Legión de Honor y después como comendador de la misma. Tuvo mucho éxito en sus numerosas conquistas amorosas, por lo cual también se había hecho muy notorio. Primero se casó en 1906 con la escritora peruana Zoila Aurora Cáceres Moreno y después contrajo matrimonio con la famosa cantante española Raquel Meyer, la más popular cupletista que había en aquel momento; y se decía que también había tenido relaciones con la bailarina exótica holandesa Mata Hari, nombre artístico de Margaretha Geertruida Zelle (1876-1917), a quien se dijo que entregó a las autoridades francesas que la fusilaron acusádola de ser espía de los alemanes durante la I Guerra Mundial, aunque este extremo siempre fue negado por él y nunca se ha podido comprobar.
Versiones de la muerte de Saint-Exupéry
Ha habido quienes han sostenido que Saint-Exupéry se suicidó en su último vuelo y reforzó esa teoría el hecho de que cuando se encontró su avión en el fondo del mar no tenía impactos de bala que probaran que había sido derribado. Pero aquellos que lo conocieron lo creen imposible porque tenía un compromiso demasiado alto con su sentido del deber. Para suicidarse habría usado un revólver y no habría sacrificado un avión que tanta falta hacía a su patria que estaba invadida por los alemanes, sobre todo en la hora cumbre del conflicto, próxima la invasión de las fuerzas aliadas del “Día D”.
Guillaumet cayó en los Andes
La temporal desaparición en la cordillera de los Andes de su gran amigo y compañero piloto aviador Henry Guillaumet fue algo que marcó el ímpetu de lucha en Saint-Exupéry, antes de la guerra y su accidente y desaparición en el desierto de Libia, fue la cual retomó en sus libros. Guillaumet, junto con Saint-Exupéry y Jean Mermoz trabajaban en el primer Correo Aeropostal Argentino cuando el avión de Guillaumet cayó en la cordillera de los Andes, en una zona demasiado lejana de la civilización, y tuvo que caminar cinco días entre la nieve con la intención de continuar hasta desfallecer por el cansancio y confiando en toparse con algún campesino. Los guardias chilenos de la zona habían declarado que difícilmente alguien podría sobrevivir ni una sóla noche en ese invierno. Al momento que Guillaumet ya había decidido darse por vencido, comprendió que no podía derrumbarse entre la nieve porque sus restos nunca serían encontrados y la compañía de seguros no pagaría su seguro a sus deudos, por lo que debía ascender a una colina para morir en la cima. Lo cual obedecía a un propósito: si no se encontraban sus restos durante los próximos cuatro años, el seguro de vida tardaría todo ese tiempo para pagar el seguro a su viuda y a sus hijos, por lo que era aconsejable caer muerto en donde sus restos pudiesen ser descubiertos antes.
Con este propósito en mente, Guillaumet ascendió hasta la cima con sus últimas energías para que su cadáver fuese encontrado por sus compañeros pilotos al llegar el verano. Compredió que estaba emprendiendo algo que un animal no haría: luchar por el sitio en el cual iba a morir para legar una herencia a sus familiares. Al llegar a la cima descubrió con sorpresa que al otro lado del valle terminaban las montañas nevadas, por lo cual sacó fuerzas supremas para descender y seguir el camino hasta salir de la nieve.
Perdido en el desierto del Sahara
De esta manera Guillaumet logró salvar la vida y, al narrar su odisea a Saint-Exupéry, éste la tuvo muy presente cuando, en el desierto de Libia, tuvo que realizar una proeza similar. Caminó y caminó sin esperanza y sin agua, con el propósito de morir en el intento. Por supuesto, Saint- Exupéry fue rescatado al cabo de algún tiempo por un grupo de beduinos. En Paris ya lo habían dado por muerto desde hacía varias semanas.
Alguien que haya pasado alguna vez por esas experiencias extremas no se suicidaría en pleno cumplimiento de una misión. Guillaumet, al igual que Saint-Exupéry, murió en la línea del deber en la II Guerra Mundial. Otro detalle: el campesino chileno que encontró a Guillaumet fue condecorado por el gobierno de Francia con la Legión de Honor. Se desconoce qué fue de los beduinos que salvaron a Saint-Exupéry en medio del desierto de Sahara.
Un hombre encantador
Podría pensarse que un hombre tan curtido en experiencias sería una persona fría y llena de amarguras. Nada más contrario al espíritu de Saint-Exupéry, un hombre buen platicador que arrobada por su encanto cuando conversaba en un café con sus amigos y provocaba que las gentes de las mesas vecinas guardaran silencio. Dominaba varios trucos de prestidigitación y alguien que lo conoció de cerca decía que bien podría haberse ganado la vida con dicha habilidad.
Su matrimonio fue difícil y conflictivo. A la volcánica salvadoreña Consuelo Suncín le gustaba mucho usar el título de Condesa, actitud que entristecía y disgustaba a su marido a pesar de que él era el legítimo aristócrata. Además, Consuelo era una mujercita sumamente coqueta y excesivamente generosa con sus amores. Sin embargo, a pesar de sus defectos humanos, es indiscutible su papel de musa que jugó para El Principito. Sus defensores argumentan que el volcán extingido del minúsculo asteroide es un guiño metafórico a El Salvador, país natal de su problemática consorte, donde pudo haber sido inspirado por el extinguido volcán Izalco para escribir sobre el volcán extinguido en el asteroide B 612 donde vivía El Principito y se dedicaba a cuidar a la rosa que era “única” para él.
La versión de Jorge Carrol
Hace corto tiempo, el escritor argentino Jorge Carrol publicó en Guatemala la novedosa versión que el volcán extinguido de El Principito pudo haber sido inspirado en uno de los volcanes cercanos a la Antigua Guatemala, donde se dice que Saint-Exupéry pasó algún tiempo. Pero esta versión tampoco ha podido ser comprobada.
En cambio, los baobabs fueron conocidos por Saint-Exupéry en sus estancias en África. El zorro del desierto original posee las exageradas orejas que el poético aviador le dibujó en su libro. Y las verdaderas rosas del desierto son en realidad unas rocas de silicato cristalizadas en forma de pétalos apreciadas por los coleccionistas.
Por un secreto de guerra
Afirman los compañeros de Saint-Exupéry que un alto oficial iba a informarle sobre la inminencia del desembarco en Normandía con lo cual le habría salvado la vida. A los pilotos que estaban enterados de esa información se les prohibía volar para evitar el riesgo de que en caso de que fuesen derribados y cayeran en manos de los alemanes pudiesen revelar bajo tortura los datos sobre esa invasión. Pero Saint-Exupéry se le escabulló a este oficial sin permitirle que le revelase el secreto.
Él decía que para derrotar a los nazis no bastaba con darles golpes con una máquina de escribir, así que abandonó su refugio en Nueva York, donde escribió El Principito, para hacer lo que mejor sabía hacer: volar un avión. La máscara de oxígeno le hacía sentirse conectado a la nave, como si ambos fuesen un sólo ser en mitad de la batalla por el firmamento.
Eran muy duras sus constantes críticas al alto mando francés y sobre todo al gobierno de Vichy del Mariscal Henry Phillipe Pétain, un régimen político de carácter colaboracionista con los invasores nazis, instaurado en julio de 1940 tras el armisticio franco-alemán, y cuya duración se prolongó hasta agosto de 1944. A criterio de Saint-Exupéry, varias valiosas tripulaciones aéreas se sacrificaron en vano erróneamente en los primeros días de la defensa de Francia, criterio que fue compartido más tarde por Winston Churchill en sus memorias. Con el general De Gaulle nunca pudo entenderse. Tampoco con la comunidad gala refugiada en Nueva York. Así que pensó que mejor regresaba al campo de batalla.
Versiones de su muerte
Existen varias teorías de la causa de la misteriosa muerte de Antoine de Saint-Exupéry. Ahora que el ex piloto de la Luftwaffe alemana Horst Rippert ha confesado que fue él quien lo derribó, el enigma vuelve al imaginario colectivo de sus lectores. Habrá que revisar su hoja de servicios y adivinar por qué hasta ahora creyó pertinente informar al mundo de esta sorpresiva incursión en la historia. De ser cierta su versión y, sobre todo, de estar consciente del alcance de la dimensión humana y heroica de Saint-Exupéry, este piloto alemán quizás debió guardar silencio. Porque no hay gloria en haber causado la muerte a un gran escritor como él, aunque fuese en el marco de un supuesto sentido del deber, y más si la víctima actuaba en defensa de su patria que había sido invadida por los alemanes nazis.
Personalidad de Saint-Exupéry
La complejidad de la personalidad de Saint-Exupéry es más reveladora si se analiza en su contexto: en aquel tiempo, los pilotos eran vistos con la misma admiración que hasta hace poco se reservaba a los astronautas. Había que ser muy valiente para subirse a un frágil artefacto de motor primitivo, aun en épocas de paz, hecho de varillas y tela estirada. No contaban con sistema eléctrico, se encendían a golpe de hélice y los medidores tenían partículas de radium para brillar de noche.
Los Andes y el desierto de Sahara
Durante su servicio en la compañía Aeropostal Argentina, Saint-Exupéry voló por regiones tan inhóspitas como los Andes y el Sahara, afectadas por los más repentinos cambios en las condiciones del tiempo. El servicio de correo aéreo entre Francia y Argentina equivalía entonces a lo que hoy es Internet.
Títulos caprichosos de sus obras
Los títulos de los libros de Saint-Exupéry fueron caprichosamente traducidos. El Principito debió llamarse realmente ?El pequeño príncipe?, porque su título original en francés fue “Le petit Prince“, que implica otro significado. Tierra de hombres debería llamarse ?Tierra de los hombres?, libro que narra su estancia en el desierto de África y cuya mala traducción insinúa una bravuconada machista. Durante sus estancias en Marruecos, Mauritania y el Sahara español fue donde templó su carácter literario y personal.
Saint-Exupéry estuvo asignado en Cabo Juby, hoy Tarfaya, en el límite justo de Marruecos con el Sahara Occidental. La pista de aterrizaje y la cabaña en la que vivía ya no existen. Ni siquiera el fuerte español del que habló en su libro. Además, Saint-Exupéry tocó tierra ahí en los años veinte y es dudoso que todavía sobreviva algún bereber que jure haberlo visto en la pista lleno de grasa, tomando té con los saharahuis o domesticando zorros en el desierto. Fue muy respetado por el hecho de haber comprado a un esclavo anciano y enfermo tan sólo para liberarlo y permitirle morir en libertad. Para ello pagó un precio desmedido y lo mandó a vivir a otra ciudad para que no lo pudiesen secuestrar para volver a venderlo.
En ese tiempo, Saint-Exupéry cubría la ruta de correo Dakkar-Cabo Juby-Casablanca y por lo general permanecía en el punto medio. Dormía en una cama pequeña que hizo ampliar con una caja. Consuelo Suncín, decía en París que su marido había sido el único cartero del mundo perteneciente a la realeza.
En Tierra de hombres menciona diversos puntos del Sahara Occidental, especialmente Cabo Juby y la antigua Villa Cisneros, cercanas al de Río de Oro que era una referencia importante en la navegación aérea. A diferencia de Europa, de noche el desierto del Sahara se apaga y no es fácil hallar luces de aldeas o faros que ayuden a orientarse, según se quejaba Saint-Exupéry en su diario, escrito en tiempos anteriores a la magia satelital o la radio de alto alcance. La tiniebla era tan envolvente que podían confundirse las estrellas con barcos, o pueblos remotos, así como creerse que se viajaba por un sitio distinto al señalado. Además, en esas condiciones no era extraño volar de costado, o bocabajo, imperceptiblemente, hasta estrellarse de pronto con una duna. Y tampoco había forma de adivinar el aluvión de tormentas que podían irrumpir en la travesía.
Varias veces él o sus amigos enfrentaron accidentes y permanecían aislados en el páramo del mismo modo que el autor de El Principito. Eran rescatados por las tribus de la zona, aunque también padecieron ataques de bandidos deseosos de apoderarse de las bolsas de dinero ocultas entre la correspondencia.
Quizás fue aquí donde Saint-Exupéry comenzó a escuchar su voz interior y alucinó en medio de la noche sahariana con la figura de su hermano menor, muerto durante la infancia. Este había sido su único y verdadero amigo, solía confesar en privado.
Su avión de carreras era un Simoun, nombre con que también se invoca a uno de los más demoníacos aires del Sahara, obsequio de una multimillonaria estadounidense que era su admiradora. Con ese avión estuvo a punto de matarse en el desierto de Libia, participando en una carrera previa a la Segunda Guerra Mundial.
Sus amigos millonarios
Saint-Exupéry también tuvo mucha suerte con algunos de sus amigos y mecenas millonarios: una mujer estadounidense le obsequió un avión para participar en una competencia aérea y, cuando desapareció por segunda vez, otro millonario norteamericano gastó muchos miles de dólares en rastrear con un submarino el área donde se presumía que había caído su avión. El descubridor de los restos de su avión en el fondo del mar fue el buzo profesional Luc Vanrell, quien también está involucrado en la reciente aparición de su repentino y orgulloso victimario y por sus antecedentes también goza de poca credibilidad.
En duda la credibilidad de Rippert
La reciente declaración del ex piloto alemán Horst Rippert tiene las luces de un intento de apropiarse del aura del gran escritor francés. Incluso el semanario de extrema derecha Minute, sostiene haber revisado los archivos alemanes detectando varias falsedades en la carrera de Rippert quien, por cierto, acaba de desenmascararse como “hermano secreto” del cantante Ivan Rebroff, recientemente fallecido.
Otros que también dudan de la credibilidad del alemán Rippert son el antiguo piloto de caza Christian-Antoine Gavoille, ahijado de Saint-Exupéry, el historiador Hervé Brun, ex responsable del servicio histórico del Ejército del Aire Francés, el diario cibernético Crítica y el periódico derechista de Madrid ABC . En ese mismo sentido se pronuncia también el diplomático guatemalteco Antonio Pallarés Buonafina, quien durante varios años fue el embajador de Guatemala en Francia.
Brun remata la versión de Rippert con un argumento: las patrullas alemanas en Provenza fueron registradas con meticulosidad y no hay ninguna acción anotada ese día.
La teoría más lógica que flota sobre la caída del avión de Saint-Exupéry es la posibilidad de que haya sufrido un desvanecimiento durante su último vuelo. Era un hombre de 44 años que había maltratado su osamenta con múltiples accidentes anteriores y la actividad de los pilotos incluía un ritmo extenuante. No hay nada denigrante en esa versión que recuerda la humanidad de un personaje tan cargado de humanismo.
Su vida y su muerte un misterio
La vida y al muerte de Saint-Exupéry son un misterio para todos. Lo único seguro en él era lo que no deseaba ser: nunca quiso ser un burgués inmóvil, ni un intelectual que se daba por satisfecho criticando a Hitler y a De Gaulle desde la comodidad de Nueva York. Murió en la línea del deber, seguro de quién era y qué hacia y hacia dónde iban su existencia y su literatura. Pocas personas pueden conseguir ambas cosas. Vivir al mismo tono de sus creencias y al vuelo de su pluma como en una firme e incandescente obra maestra. Por eso, el genial autor de El Principito ha obtenido un lugar privilegiado reservado en la literatura mundial y al mismo tiempo como un patriota que murió luchando por la libertad de su patria. Más no podía pedir.
Les deseo un feliz domingo y hasta mañana.