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Las “purgas” cubanas y el harakiri japonés

Viernes, Marzo 6th, 2009

Carlos Lage y Felipe Pérez Roque renuncian del Partido Comunista
En sendas cartas publicadas ayer en el Granma, órgano oficial del Partido Comunista Cubano (PCC) el ex vicepresidente y Secretario Ejecutivo del Consejo de Estado y Felipe Pérez Roque, durante muchos años jefe de la diplomacia cubana, admitieron sus “errores” y reiteraron su “lealtad” a los Castro. Ambos renunciaron a todos sus cargos en el gobierno y en el Partido Comunista al reconocer haber cometido “errores” y aceptaron en disciplinado silencio ser calificados de “indignos”, por el ex presidente Fidel Castro Ruz.
Los dos dirigentes, señalados por Fidel Castro como “indignos”, presentaron sus renuncias al presidente Raúl Castro y reconocieron su “responsabilidad” en dos cartas que enviaron con fecha del martes, y cuyas copias fotostáticas, con sus firmas, fueron reproducidas en la prensa oficial local.
En lo que es el caso más sonado de “purgas” políticas o salidas abruptas de funcionarios del gobierno de cubano en los últimos 15 años, todavía se desconocen las causas de las sorpresivas destituciones y las consiguientes renuncias.
Ambos fueron acusados por el máximo líder comunista de “ambiciones” y conducta “indigna” en un artículo publicado en su habitual columna titulada Reflexiones, tras haber sido anunciada el lunes una profunda reestructuración del gobierno dispuesta por Raúl Castro, en la que destacó el relevo de Lage como jefe de gabinete y de Pérez Roque como canciller.
En su carta, Lage, un médico de 57 años de edad, renunció a las condiciones que conservaba de vicepresidente, miembro del selecto Buró Político del Partido Comunista de Cuba (PCC) y del Comité Central de la agrupación, así como a su banca de diputado, y también del PCC.
“Reconozco los errores cometidos y asumo la responsabilidad. Considero que fue justo y profundo el análisis realizado en la pasada reunión del Buró Político” (en la que se avaló la reestructuración propuesta por Raúl), subraya la misiva.
Por su parte, Pérez Roque, de 44 años de edad y quien se desempeñaba desde hacía una década como jefe de la diplomacia cubana, renunció a su calidad de miembro del Consejo de Estado (Ejecutivo), del Comité Central del PCC, al cargo de diputado y de las filas del único partido político autorizado.
“Reconozco plenamente que cometí errores, que fueron analizados ampliamente en dicha reunión. Asumo mi total responsabilidad por ellos”, dice el ex canciller en su carta.
Los dos dirigentes reiteran en las misivas su “lealtad” y “fidelidad” a los hermanos Fidel y Raúl Castro, a la Revolución y al PCC, y señalan que continuarán defendiendo los ideales de la revolución. Pero es evidente que “renunciaron” del partido oficial porque fueron obligados.
Lage y Pérez Roque, durante mucho tiempo considerados como “los hombres más leales a Fidel Castro”, encabezaron una lista de 12 cambios que el lunes dispuso el gobierno de Raúl Castro, en el mando desde que enfermó su hermano mayor, hace dos años y medio.
Al calificar la reestructuración como “cambios sanos”, el líder cubano, de 82 años de edad, dijo en su escrito que fue consultado para hacer las modificaciones y negó que se trate de una sustitución de los “hombres de Fidel” por “los hombres de Raúl”.
“La mayoría de los que fueron reemplazados nunca los propuse yo. Casi sin excepción llegaron a sus cargos propuestos por otros compañeros de la dirección del Partido o del Estado”, escribió.
Aumentando las interrogantes sobre las causas de las destituciones, el ex gobernante cubano señaló también que “el enemigo externo se llenó de ilusiones con ellos”, sin ampliar en detalles. Pero insinúa la intención de tratar de causar un cambio en el gobierno.
La reestructuración del gobierno fue efectuada por Raúl un año después de asumir formalmente la presidencia, y penetró al equipo económico que, encabezado por Lage y por encargo de Fidel, diseñó reformas para sortear la crisis económica de los 90.

El harakiri en el Código de honor japonés
Tambien conocido como Sepuku, el harakiri o hara-kiri fue una práctica famosa entre los samurais del Japón que consideraban la vida como una manera de morir con honor, gloriosamente y, por tanto, rechazaban la muerte natural y buscaban suicidarse en pleno esplendor de su vida antes de ver a esta deshonrada por haber cometido algún delito o una falta o indignidad, recurrian a matarse ellos mismos.
 Hara-kiri o harakiri significa ?cortadura de vientre?
. El seppuku era una parte clave del bushido , el código de los guererros samurai, y era acostumbrado por los guerreros para evitar caer en manos enemigas y sufrir la vergüenza de la derrota.
Harakiri significa en japonés “abrirse el vientre”, y fue una práctica japonesa tradicional de un suicidio ritual por destripamiento, originalmente restringida a los nobles, pero adoptada más tarde por todas las clases sociales. El término también se utiliza para designar cualquier suicidio cometido en aras del honor personal. El harakiri tiene sus orígenes en el Japón feudal, cuando lo practicaban los samurai, o nobles guerreros, para no sufrir el deshonor de ser capturados y humillados por sus enemigos. Más tarde se convirtió en un método indirecto de ejecución, según el cual se hacía el harakiri cualquier noble que recibía un mensaje del mikado en el que se le comunicaba que su muerte sería para beneficio del imperio.
En la mayoría de los casos de los denominados harakiri obligatorios, el comunicado imperial iba acompañado de una daga ricamente adornada para que fuera utilizada como instrumento del suicidio. Al infractor se le concedían un determinado número de días para preparar la ceremonia. En casa del noble ofensor, o en un algún templo, se levantaba un estrado que se cubría con alfombras rojas y al comenzar el acto final, el noble, ataviado con atuendo ceremonial y asistido por un grupo de amigos cercanos, parientes y oficiales, ocupaba su lugar en el estrado. Postrado de rodillas, rezaba sus oraciones, recibía la daga de manos del representante del emperador y confesaba públicamente su culpa (como lo han hecho ahora en Cuba el vicepresidente Lage y el canciller Pérez Roque); entonces, desnudándose hasta la cintura, hundía la daga en el costado izquierdo del abdomen, la desplazaba lentamente hacia el costado derecho y efectuaba una incisión ligeramente ascendente. En el último momento, un amigo cercano o familiar decapitaba al noble moribundo. A continuación, era costumbre enviar la daga ensangrentada al emperador como prueba de la muerte del noble por ese método. Si el transgresor se hacía voluntariamente el harakiri, es decir, si actuaba según el dictado de su conciencia culpable, en lugar de tener que hacerlo por mandato del emperador, su honor se consideraba restituido y todas sus posesiones pasaban a manos de su familia. Por el contrario, si el harakiri se producía por cumplir la orden del emperador, la mitad de las posesiones del muerto quedaban confiscadas por el Estado.
Cuando practicaban el harakiri individuos de todas las clases sociales, servía con frecuencia como gesto supremo de devoción hacia un superior que hubiera fallecido, o como una forma para protestar contra algún acto o medida gubernamental. Esta práctica llegó a estar tan difundida que, durante siglos, se producían unas 1,500 muertes al año por este método. Y más de la mitad de ellas eran actos voluntarios.
El harakiri como forma de suicidio obligatorio quedó abolido en 1868. En épocas modernas es raro que se produzca como medio de suicidio voluntario. Sin embargo, muchos soldados japoneses recurrieron al harakiri durante los últimos conflictos bélicos, incluida la II Guerra Mundial, para eludir la ignominia que suponían la derrota o el cautiverio.
Pero no creo que sean para tanto los “errores” y la “ignominia” que cometieron en Cuba el vicepresidente Carlos Lage y el canciller Felipe Pérez Roque. Aunque no sería nada extraño que pronto se llegue a saber que se suicidaron por no poder soportar su vergüenza por la “indignidad” que, según Fidel Castro, cometieron y por la cual tuvieron que ser “purgados”. Habrá que estar atentos a los siguientes acontecimientos, pero es dudoso que Fidel y Raúl Castro puedan ser capaces de perdonar sus “errores” y su “indignidad”. Ya veremos.