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ALREDEDOR DE LA VISITA DE JUAN PABLO II

Martes, Mayo 3rd, 2011

Segunda parte: visita inesperada de los Cancilleres centroamericanos

Cardenal Mario Casariego y Acevedo, Arzobispo Metropolitano de Guatemala

Muy temprano de la mañana siguiente de la recepción que ofreció el Delegado Apostólico Gerolamo Prigione para dar la bienvenida al papa Juan Pablo II, en su primera visita a México, y para que los embajadores acreditados en ese país tuviésemos, acompañados de nuestras respectivas esposas, tuviésemos oportunidad de conocerle, inesperadamente, me llamó por teléfono el Arzobispo Metropolitano de Guatemala, cardenal Mario Casariego y Acevedo, con quien tenía una grata relación amistosa desde hacía mucho tiempo, para decirme que le era urgente hablarme unos minutos para explicarme una delicada situación que había por un mal entendido que había surgido y pedirme un favor. Amistad que se estrechó en la ocasion que él fue secuestrado por Raúl Lorenzana, cabecilla del grupo armado anticomunista denominado “La Mano”, episodio histórico que les contaré en otra oportunidad.

Yo estaba desayunando y le dije que con mucho gusto le recibiría y le invitaría a tomar una taza de te de camomila (manzanilla), porque ya sabía que él nunca tomaba café y siempre tomaba té de manzanilla o camomila, por lo que años más tarde me enteré que Juan Pablo II le llamaba “Cardenal camomila”. Me sorprendió que haya llegado en menos de 15 minutos y desde que entró noté que estaba alterado por algún motivo.

Después de saludarnos con afecto a Anabella y a mí, tomó asiento y sin andarse por las ramas me dijo: “Vengo a pedirle que me haga el favor de comunicarse urgentemente con el Presidente Lucas García para pedirle que no venga el Canciller Castillo Valdés porque no pude obtener una audiencia con el papa y debido a mi insistente en solicitarla tuve un desagradable disgusto con monseñor Caprio “por el cual de ahora en adelante no asistiré a ninguna de las actividades de Juan Pablo II”. En ese momento le interrumpí para decirle que me perdonara pero no tenía ni la menor idea de qué me estaba hablando porque no ignoraba que fuese a a venir a México el ministro de Relaciones Exteriores, ingeniero Rafael Eduardo Castillo Valdés. Entonces me explicó que él había llegado a visitar al presidente Lucas García para despedirse y solicitarle una “pequeña ayuda económica” para poder hacer su viaje, la cual le dio el mandatario. Pero que al despedirse del presidente le preguntó si deseaba enviarle por su medio un saludo a Su Santidad, y el general Lucas le había respondido que no se molestara porque él iba a enviar al Canciller Castillo Valdés para expresarle su saludo, y agregó que por eso le había causado la impresión de que ese alto funcionario ya tenía concertada una cita por medio de la Embajada de Guatemala, como era de esperarse, pero que antes de volar a México recibió una llamada de Castillo Valdés para pedirle que se encargara él de obtener una audiencia con el papa y que él tendría que ir primero a República Dominicana a reunirse con los demás cancilleres de Centroamérica pero al día siguiente iba a volar directamente a México. Y agregó: “Cuando solicité que el Santo Padre recibiera al Canciller Castillo Valdés, los monseñores Casaroli y Caprio, que están encargados de la agenda del Papa, negaron la cita y cuando insistí tuve un desagradable disgusto porque Caprio le increpó que él siempre trata de sacar ventaja de esa citas con el papa para afianzar mi posición política en Guatemala”. Y agregó: “Me disgusté tanto que salí de la Delegación Apostólica sin despedirme y no pienso asistir a ninguna otra actividad que tenga en México el Santo Padre”. ¡Era obvio que el Cardenal estaba furioso!

Entonces le pregunté: “Y yo en qué puedo servirle, monseñor?” Casi al borde del llano, Casariego me respondió: “Le pido que me haga el favor de comunicarse urgentemente con el presidente Lucas para que Castillo Valdés aborte su viaje a México, porque no pude conseguirle la audiencia con Su Santidad”. Sin pensarlo mucho le respondí: “Perdóneme cardenal, pero no lo puedo hacer ya que si a mí no me habían informado del viaje a México de Castillo Valdés, a pesar de que soy el embajador en este país, ¿por qué voy a ser yo ahora quien les dé esa mala noticia?. Discúlpeme pero no puedo servirle”. Me preguntó que le aconsejaba hacer y le dije que debía comunicarse con el Obispo auxiliar, monseñor Mario Martínez de Lejarza, que tenía una estrecha amistad con el presidente Lucas y con Raúl García Granados para que sea él quien le informe de la situación. Me dio las gracias y se retiró compungido. Pero yo quedé tranquilo en la seguridad de que había hecho lo correcto.

Creí que ya no se me iba a involucrar más en el asunto, pero pocas horas más tarde me llamó por teléfono el Presidente Romeo Lucas García para decirme concretamente: “Vos embajador, tengo que pedirte el favor de que nos ayudés a resolver este problema. Castillo Valdés tuvo que ir a la República Dominicana para reunirse con sus colegas de los demás países centroamericanos y le pareció que sería un buen detalle de su parte invitarles a ir con él a México a saludar al Papa, pero resulta que el cardenal Casariego no pudo conseguir que el papa les concediera audiencia…¡y ya van todos en vuelo para México y llegarán esta noche!” Y sin darme tiempo a explicarle las dificultades que causaría la llegada sorpresiva e intempestiva de los cancilleres de Centroamérica sin antes haber informado a la Cancillería mexicana, agregó: “¡Es urgente que hagás todo lo que sea necesario para que Castillo Valdés no haga el ridículo con sus colegas!”. Le respondí que iba a atender lo que me pedía, pero tenía que comprender que la audiencia con el Papa no sería el único problema, porque no sería fácil informar al Canciller Roel de la inesperada visita de sus colegas centroamericanos sin haberle informado previamente y, además, tampoco sería fácil conseguir habitaciones en un buen hotel porque estaban llenos. A lo que el general Lucas me respondió escuetamente: “¡Yo tengo confianza en que vos vas a saber cómo resolver todas esas cosas, pero tiene que ser pronto porque esta noche estarán llegando a esa ciudad todos los cancilleres de Centroamérica. ¡Mirá cómo te las arreglás!”

Acto seguido llamé por teléfono a la Delegación Apostólica para hablar con monseñor Prigione, y le expliqué la situación detalladamente, a lo cual me respondió un tanto cortante: “Mira Giorgio… yo no me puedo meter en eso porque monseñor Caprio ya negó la audiencia, pero si quieres habla con monseñor Casaroli, porque al fin y al cabo es el Secretario de Estado del Vaticano y su cargo le permite alterar esa decisión”. Le contesté que me daría mucho gusto hablar con Casaroli y que si se encontraba cerca me hiciera favor de pasarle el teléfono. Así lo hizo y cuando Casaroli se puso en el teléfono le dije que tenía un grave problema que quería plantearle, pero no por teléfono sino personalmente. Agregué que inmediatamente llegaría a la Delegación Apostólica. Al llegar, monseñor Casaroli me recibió en el acto, en compañía del delegado apostólico Prigione y le conté detalladamente la situación en la que estábamos por un mal entendido. Lo primero que me contestó fue: “¡Lo siento mucho, estimado embajador, pero el Papa no tiene tiempo disponible, al grado que ni siquiera va a poder recibir a los gobernadores de los estados!”, pero entonces me jugué el todo por el todo y le contesté: “Invoco a quien dijo ‘la paz os dejo mi paz os doy’ para recordarle que el Canciller Castillo Valdés viajó al Vaticano con una delegación de ex presidentes de Guatemala para invitar al papa a viajar a nuestro país debido a que tenía problemas para venir a México. Con todo respeto le pregunto: ¿cree que sea justo de parte de ustedes?”. Creo que ya he dicho alguna vez que Casaroli tenía un estupendo sentido del humor y primero me miró asombrado, aunque sonriente, y luego me respondió: “¡Ese es un golpe bajo, Embajador! ¡Es casi un chantage! ¡No se vale!”. A lo que le contesté: “Llámelo como quiera quiera, monseñor, pero lo importante es obtener una respuesta positiva a las gestiones que uno haga. Pareció pensarlo major y me dijo: “¡Muy bien! ¡Que vengan mañana a las 7 en punto! Y recalcó: “¡En punto! Y agregó: ¡Pero que vengan solamente con usted y no haya periodistas!”. Me reí de satisfacción y le respondí: “¿Cómo quiere que vengan conmigo y al mismo tiempo que no vengan periodistas, si yo soy periodista?”. Casaroli se rio y corrigió: “Bueno…¡Pero solamente usted!”. En ese momento vi la cara de Prigione y me dí cuenta de que no le había hecho gracia que hubiese conseguido la cita. Me despedí y salí directo a la Cancillería para hablar con mi amigo el Canciller Santiago Roel, anunciarle la visita de todos los cancilleres de los países de Centroamérica… y, como quien no quiere la cosa, pedirle su apoyo para  conseguirles habitaciones en el hotel Presidente  Chapultepec (que en ese tiempo era del gobierno). Aunque no tenía un cita previa, sabía que me iba a atender porque me había autorizado a visitarle sin cita previa cuando se tratara de alguna emergencia. Tuve la suerte de que me recibió inmediatamente. Después del consabido saludo al estilo de los políticos mexicanos, que consiste primero en un apretón de manos seguido de un abrazo y después otro apretón de manos, me preguntó: “¿Qué te está pasando?”  Le conté el equívoco que había surgido cuando el Cardenal Casariego llegó a despedirse del presidente Lucas. Pero agregué una mentira: “El Canciller Castillo Valdés llamó de República Dominicana para decirme que se encontraba reunido con los cancilleres de todos los países centroamericanos y me preguntó si yo creía que sería una buena oportunidad para que vangan todos juntos saludarte”. Sin pensarlo dos veces, el Canciller Roel me contestó: “¡Me va a dar mucho gusto saludarles! Ahora mismo voy a encargarme de que les den habitaciones en el hotel Presidente Chapultepec y voy a mandar al aeropuerto a alguien del protocolo para que les reciba como se merecen”. Y luego me preguntó: “¿Quieres que te mande un par de motoristas para que les abran paso en el tránsito?” Le respondí que no, pero le agradecía mucho todo lo que iba a hacer y quedamos que al día siguiente llegaríamos a la Cancillería a saludarle a la hora que él indicara y podía me gustaría que almorzáramos con él. Suspiré profundamente y me dije: ¡Qué alivio!

Con la tranquilidad de haber logrado todo lo que se necesitaba, me fui a notificar la llegada de sus cancilleres a los embajadores de los demás países centroamericanos. Y a la hora indicada me presenté en el aeropuerto para recibirles.

El subjefe del protocolo estaba en el aeropuerto y se encargó de que los cancilleres pasaran sin ninguna demora por los controles migratorios y aduanales y luego nos dirigimos al hotel Presidente Chapultepec (hoy Presidente InterContinental) donde, para nuestra grata sorpresa, no habían reservaciones para simples habitaciones, sino suites. Y organicé que en pocos minutos nos reuniéramos todos en la suite del Canciller Rafael Castillo Valdés para informarles detalladamente cuáles eran los planes. (Continuará)