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ÚLTIMA VEZ QUE ESTUVIMOS CON JUAN PABLO II

Miércoles, Mayo 11th, 2011

Quinta parte y final: Anabella quería despedirse de Juan Pablo II

Mi amada esposa Anabella y yo nos encontrábamos en la islas griegas en el mar Egeo a raíz de que los médicos que la vieron en el Hospital Metodista de Houston, (particularmente el Dr. Rafael Espada, actual Vicepresidente de la República, a quien nunca dejaré de agradecer sus cuidados), nos dijeron que sólo le quedaban unos cuantos meses de vida, pero que no pasaría de un año, y me aconsejaron que si le tenía prometido un viaje que lo lo emprendiéramos lo más pronto posible y no lo pospusiéramos porque no le quedaba mucho tiempo. Entonces ella, que era tan dulce y tan valiente, se sonrió, se frotó las manos con alegría, y exclamó: “¡Las islas griegas! ¡Acordate que me prometiste que algún día me llevarías a las islas griegas!” Naturalmente, sin pensarlo dos veces decidí complacer su deseo en los últimos días de su vida. Sin pérdida de tiempo empezamos a hacer los arreglos pertinentes, tales como dejar en la casa de sus papás a nuestros hijos menores, Rodrigo y Alejandro, y vender el automóvil Mercedes Benz que había comprado con el propósito de llevarlo con mi derecho de franquicia diplomática al regresar a Guatemala cuando fue “anulado” mi nombramiento de embajador, pocos días después del golpe de estado militar que tuvo lugar el 23 de marzo de 1983 que derrocó al gobierno constitucional del general Fernando Romeo Lucas García y anuló la elección presidencial que realmente ganó el general Aníbal Guevara, pero los oficiales jóvenes que derrocaron al gobierno habían sido subalternos de Guevara en la zona militar denominada Mariscal Zavala y quisieron impedir a cualquier costo que asumiera la Presidencia de la República, porque habían tenido ciertas diferencias con él cuando fue comandante de ese cuartel.

El dramático diagnóstico de los médicos del hospital Metodista de Houston fue debido a que después de haber visto las radiografías del tórax, se debió se percataron de que tanía carbonizada una parte del corazón y una parte del pulmón, por lo cual se le dificultaba respirar, debido a que nueve años antes le descubrieron un tumor canceroso en los ganglios de la región mediastínica y el doctor Rodolfo Herrera Llerandi decidió que tenía que operarla para tratar de extirpar el tumor, pero después de abrirla tuvieron que cerrarla porque vieron que los ganglios cancerosos estaban en el mediastino, entre el corazón y el pulmón, un lugar demasiado peligroso por el riesgo de tocar el corazón. Entonces le aplicaron radioterapia (todavía no había quimeoterapia), para destuirle los tumores, pero al doctor que se la aplicó “se le pasó la mano”, por calificarlo de alguna manera, lo cual tuvo como resultado que si bien se destruyeron los ganglios linfáticos con tumores cancerosos, la radiología fue tanta que le quemaron una parte del corazón y otra del pulmón y, aunque sobrevivió nueve años, ella falleció no por los tomores cancerosos en los ganglios linfáticos en el Mediastino, sino porque al cabo del tiempo se le carbonizó una parte del corazón y una parte del pulmón que habían sido bombardeados por el torpe  radioterapista.

Para poder financiar el viaje, vendí el automóvil Mercedes Benz a mi entrañable amigo Mario Moreno (“Cantinflas”) porque entonces todavía era difícil para los mexicanos obtetener vehículos como ese y a ello se debía que los que tenian recursos compraban las franquicias a los diplomáticos. Tan pronto hicimos estos arreglos de inmediato hice las gestiones para volar a Atenas lo más pronto posible y nos embarcarnos en el puerto El Pireo en un crucero turístico para recorrer todas las islas en el Mar Egeo. Primero recorrimos en el crucero todas las islas en el Mar Egeo a las que bajábamos a conocer durante el día y regresábamos al barco a dormir. Y al terminar el crucero escogimos Santorini para ir a pasar unos cuantos días. Mi angustia era tan grande que todas las noches despertaba a la media noche para comprobar que aún estaba con vida. Sin embargo, un día me dijo Anabella que creía que se estaba sintiendo un poco mal y creía que ya era hora de regresar a Guatemala para poder estar unos días con sus papás y sus amados hijos antes de morir, pero que le gustaría pasar a despedirse de Juan Pablo II, ya que teníamos programado hacer escala en Roma para ir al fabuloso hotel il San Pietro di Positano en la costa de Amalfi, frente a la isla de Capri, localizada en el Mar Tirreno en el lado sur del golfo de Nápoles, frente a la península Sorrentina y ha sido un lugar de célebre belleza y centro vacacional desde la época de la antigua república romana.

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Para ver unas eslides de este fabuloso hotel enclavado en la montaña rocosa, esperen que éstas vayan pasando una tras otras en este slide-show. Reitero que este hotel es uno de los más románticos de todos los que hay en mundo y yo quería que lo conociera mi amada Anabella antes de morir. Las habitaciones y el comedor están en la parte alta, sobre la montaña y para ir a la piscina y a la playa hay que bajar en un elevador que hay entre la roca.

Gracias a que el Cardenal Agostino Casaroli, Secretario de Estado del Vaticano, me había dado el número de su teléfono directo, le llamé para informarle de la situación y pedirle que nos consiguiera lo más pronto posible una audiencia con Juan Pablo II porque Anabella quería despedirse de él a sabiendas de que iba a morir pronto. Pocos minutos más tarde me llamó Casaroli y me dijo que tendríamos oportunidad ver al Papa dos días después durante su audiencia pública semanal, en la Plaza de la Basílica de San Pedro. Entonces aceleré nuestro viaje y el día siguiente llegamos a Roma. Nos alojamos en el fabuloso hotel Cavallieri Hilton, de la cadena de hoteles Waldorf Astoria, situado en una de las siete colinas de la bella ciudad de Roma. De inmediato me comuniqué con el Cardenal Casaroli para informarle que ya estábamos en la “Ciudad Eterna” y me dijo que nos iba a colocar en la primera fila para ver si cuando Juan Pablo II caminase por enfrente iba a reconocer a la “dulcísima Anabella”, como él solía llamarla. Esto fue durante el año 1982.

El Cardenal Casaroli cumplió su promesa de situarnos en la audiencia en primera fila y muy cerca de Juan Pablo II, como ustedes pueden ver. Esto fue posterior al atentado contra la vida de este Papa que ha sido beatificado, perpetrado el 13 de mayo de 1981 (hace 31 años) por el sicario turco Mehmet Ali Agca. Por cierto que este turco declaró, algún tiempo más tarde, que los autores intelectuales del atentado estaban en el propio Vaticano. Y señaló concretamente como organizador del atentado al Cardenal Agostino Casaroli. Lo cual creo que son patrañas, y así lo creyó también el propio pontífice,  pero el turco lo dijo para no tener que confesar cuál de los países comunistas le había pagado para matar al Pontífice porque, como era bien sabido, Juan Pablo II era un convencido anticomunista y fue uno de los causantes de la caída del Muro de Berlín y de la desintegración del imperio soviético.

Cuando pasaba frente a nosotros se detuvo y viendo a Anabella le preguntó: “¿Tú eres Anabella”? Fue obvio que le impresionó volver a verla después de dos años de que nos conocimos durante su primera visita a México.

Tomó amorosamente de la mano a Anabella y volviéndose a mí me dijo: “¿Y a tí ya te quitaron la chamba?”, recordando que dos años antes yo había empleado ese término que desconocía por lo que me preguntó: “¿Chamba? ¿Qué es chamba?” y yo le expliqué que es una forma de llamar al empleo. ¡Qué memoria tan prodigiosa!

Nos tomó de la mano a ambos con evidente afecto, lo que motivaba la admiración de las personas que estaban viendo la escena cerca de nosotros, como pueden ver. Yo le contesté que, en efecto, después del golpe de Estado militar contra el gobierno del general Romeo Lucas García, el general Efraín Ríos Montt  me había quitado la chamba al “anular”(?) mi nombramiento, como si con ello fuese a anular todo lo que había hecho durante el tiempo que ocupé el cargo. Por ejemplo, la mansión que me regaló el Presidente José López Portillo para que sirviera de residencia a los embajadores guatemaltecos, y en la cual han vivido todos los que me han sucedido. Sin embargo, hasta la fecha el gobierno de Guatemala aún no ha tenido la decencia de poner una placa agradeciendo el donativo al ex presidente y reconociendo que fue durante mi gestión.

El epílogo de este saludo fue que cuando regresamos al hotel con el propósito de emprender inmediatamente el viaje al hotel Il San Pietro di Positano, encontramos un mensaje del Cardenal Casaroli, pidiéndome que me comunicara con él por teléfono porque tenía urgencia de decirme algo. Le llamé y me dijo que el Papa nos invitaba a almorzar al día siguiente, para lo cual a las 11 de la mañana pasaría a buscarnos un automóvil oficial del protocolo del Vaticano. Le dije que muchas gracias pero la verdad es que yo pensaba que teníamos que excusarnos para no perder una noche ya pagada en dicho hotel. Cuando le dije a Anabella “Ya no fregamos mi amor, porque Juan Pablo II nos invita a almorzar con él mañana”, a lo que ella me respondió: “Te fregarás tú, porque yo prefiero ir a almorzar con él que ir a conocer ese hotel, por más lindo que sea”, por lo que tuve que llamar al San Pietro Di Positano para informarles que aunque iba a pagar el hospedaje desde esa misma noche, llegaríamos dos días después y que por favor guardaran la reservación”. El hotel aceptó nuestro retraso en el entendido de que había que pagar desde el primer día de la reservación. ¡Y, aunque no me lo están preguntando, es un hotel muy caro! Y esperamos que al día siguiente llegara el anunciado automóvil para llevarnos al Vaticano. A las 11 en punto del día siguiente llegó un elegante automóvil, de color negro, y el escudo del Vaticano en ambas puertas delanteras. Entramos al Vaticano pero observé que no se detuvo en la residencia del Papa y le pregunté al chofer a dónde nos llevaba, y él me explicó: “Mis instrucciones son llevarles al helipuerto” y, en efecto, no muy lejos, junto a los amplios y bellos jardines del Vaticano, vimos que había un helicóptero esperándonos. Entonces le pregunté al chofer “¿A dónde nos van a llevar en el helicóptero?” y el chofer se limitó a decirme: “No estoy autorizado para darles más información, pero les está esperando un funcionario del protocolo que les dará todas las explicaciones del caso”. Tan pronto llegamos al helicóptero, salió al encuentro un funcionario del protocolo de la Secretaría de Estado del Vaticano, quien nos explicó: “El almuerzo con el Santo Padre se llevará a cabo en el palacio de descanso del Papa, en Castel Gandolfo”. Castel Gandolfo es una pequeña localidad italiana situada en la región del Lacio, a orillas del lago Albano, y que dista 18 km al sureste de Roma. El municipio de Castel Gandolfo es muy conocido por encontrarse allí la Residencia de verano del Papa, donde fallecieron los pontífices Pío XII en 1958 y Pablo VI en 1978. Durante el tiempo que compartimos en Castel Gandolfo con el Papa Juan Pablo II, le dijo a Anabella que no debía preocuparse por la muerte porque es un paso transitorio de la vida y que no es traumático. Ella le dijo que no tenía miedo porque ya había sentido la muerte cuando tuvo un parto de plascencia previa y había perdido mucha sangre, y también cuando había comido hongos alucinógenos con la sacerdotisa mije María Sabina en Huautla de Jimenéz,  en el estado de Oaxaca. El Papa la miró con asombro y me comentó: “¡Anabella comió hongos alucinógenos con María Sabina!”, a lo que le respondí: “Si, Su Santidad… y yo los he comido muchas veces más con María Sabina”. Y él dijo asombrado: “¡Entonces ustedes conocen a María Sabina!” Y le conté detalladamente que varias veces había viajado a las montañas de Oaxaca para comer los hongos alucinógenos con esa famosísima sacerdotisa. Fue indudable que esto le había impresionado mucho y nos condujo a una pequeña biblioteca en los que se veían varios libros sobre María Sabina y los hongos alucinógenos de Oaxaca y mesoamérica. Almorzamos muy sabroso, comenzando por unos exquisitos moluscos denominados “vainas” y bebimos un vino blanco delicioso llamado “Lachrima Christi”, producido por el propio Vaticano en viñedos de Castel Gandolfo. Y en un momento dado tomó de la mano a mi amada esposa y le dijo con voz segura: “No debes preocuparte porque tú no vas a morir todavía. Nos volveremos a ver el año próximo cuando llegue a Guatemala”, a lo que Anabella le respondió: “¡No Su Santidad! cuando usted llegue a Guatemala yo ya habré muerto”. Como en efecto sucedió, como les diré más adelante. Pero antes quiero comentar que  cuando estábamos terminando de almorzar llegó en automóvil el Cardenal Mario Casariego y Acevedo, Arzobispo Metropolitano de Guatemala, porque no había querido volar en helicóptero; y cuando veníamos de regreso con él en su carro nos comentó que era insólito que Juan Pablo II nos hubiese recibido y atendido en esa forma tan especial a pesar de que no estábamos casados por la Iglesia y que Anabella era divorciada. Casariego estaba sumamente asombrado y nos confesó que era el primer caso que él veía en que un Papa recibiese al mismo tiempo a una pareja que solamente estuviese casada por lo civil, y que, además, no recordaba de alguna otra pareja que hubiese gozado de tanto tiempo en su compañía de Juan Pablo II. De hecho, varios años más tarde llegó al Vaticano para visitarle el entonces Presidente de México, Vicente Fox Quesada, acompañado de su novia, o prometida, la señora Marta Sahagún, con quien ahora está casado, pero entonces solamente mantenían una relación amorosa sin casarse, y ambos estaban divorciados, pero el Papa Juan Pablo II nunca les recibió juntos, sino sólo separados.

En efecto, mi amada Anabella falleció la tarde del 5 de marzo de 1983, a la temprana edad de 33 años, y el Papa Juan Pablo II llegó a Guatemala el día 6 por la tarde. El entierro de Anabella tuvo que ser adelantado para que fuese durante la mañana, porque por medidas de seguridad por la tarde iba a estar bloqueada la avenida Liberación por su cercanía a la Terminal Aérea y no sería posible transitar por ella para trasladarnos al Cementerio Las Flores. ¡Qué razón tuvo Anabella al decirle a Juan Pablo II que cuando él viniera a Guatemala ella ya estaría muerta! ¡Tuvo razón porque así fue!