Archive for noviembre, 2011

MI CUMPLEAÑOS 83 EN NEW YORK (FIN)

Martes, noviembre 29th, 2011

Mis nuevos amigos chinos, los Cheng

Como les había contado, entre los muchos agrados que tuve  en el transcurso de esta reciente visita a la ciudad de Nueva York fue conocer a Allen Cheng y a su encantadora hermana Rosita, quienes vivieron en Guatemala durante 15 años, donde tuvieron una maquila y un restaurante de comida china y ambos hablan el chapín perfectamente, pero Allen tuvo que salir de Guatemala porque tuvo problemas en una importante inversión que había hecho en Chiquimula y actualmente está el caso en manos de sus abogados. A otro personaje chino que conocí fue al exitoso entrepreneur Raymond Cheng, un hombre sencillo y agradable, propietario de varios restaurantes y de una fábrica de envases plásticos en New Jersey, a quien le gustaría invertir dinero en Guatemala, pero no lo ha hecho porque aquí los trámites son demasiado lentos y el dinero no debe esperar ocioso sino debe ser invertido pronto. Los tres son amigos del conocido empresario agrícola Víctor Orantes y del licenciado Roberto López Villatoro, a quienes conocieron durante la visita que estos compatriotas hicieron a China en búsqueda de nuevos negocios. Allen fue tan amable que dedicó parte de su valioso tiempo a llevarnos de arriba para abajo en su automóvil en varias ocasiones y fué él quien nos llevó a presentar a nuestro exitoso y admirable paisano fabricante de muebles Luther Quintana, en su sala de ventas. El sábado por la noche, Raymond nos invitó a cenar en el excelente restaurante Congee Village, donde comimos toda clase de mariscos al estilo chino; y el domingo, Rosita Cheng nos invitó a un restaurante chino a comer brunch de lo que llaman Dim Sun. Además, cuando se enteraron de que el 11/11/11 era mi cumpleaños, Raymond me dió como regalo el pago de mi cuenta del hotel. En agradecimiento, les invité al famoso restaurante Capital Grill, especializado en carnes de res añejadas, donde compartimos un buen rato. Por cierto que me sorprendió muchísimo enterarme de que actualmente hay tantas inversiones de capital de origen chino en Nueva York que el famoso almacén Macy’s y el hotel Plaza son propiedades de inversionistas chinos.

De izquierda a derecha, Stuardo Juárez, Allen Cheng, Roberto López Villatoro, Raymond Cheng y yo. Atras, de pié, Aura Ruiz (“La Muñecona“) y Rosita Cheng, almorzando en en el excelente restaurante The Capital Grill, especializado en carne añeja.

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Con la encantadora chinita chapinizada Rosita Cheng, quien suspira por Guatemala

Como ya les he dicho, la primordial razón para viajar esta vez a esa metrópoli, donde viví un año en dos oportunidades y aprendí a amarla, fue ir a despedirme porque después de haber cumplido 83 años de edad, entrando a 84 (puesto que un día después de cumplir 83 comencé a vivir 84) no creo que se me vayan a presentar otras oportunidades de hacerlo. Así que con mis buenos y queridos amigos que me acompañaron recorrimos algunos lugares de la ciudad y sacamos muchas fotos como éstas.

Una escultura modernista de metal en un esquina de las calles de New York que seguramente sería objeto de críticas por los gratuitos críticos de las esculturas de mi querido amigo Pepo Toledo Ordóñez.

Viendo patinar en el Rockefeller

Patinaje en la pista del Rockefeller

El símbolo del Rokefeller Center. La armazón es para el árbol navideño de tres pisos de altura.

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Monumento emblemático en la 5a. avenida

Frente al hotel Plaza que ahora es propiedad de inversionistas chinos.

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Roberto López, Aura Ruiz y Stuardo Juárez en una calle de La Gran Manzana.

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El el mismo lugar, al principio de Broadway, estamos Aura, Roberto y yo.

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Tenía que visitar el elegante hotel St. Regis donde viví un año.

En el bar del hotel St Regis bebiendo un coctel bloody Mary, su especialidad.

Si alguien se pregunta por qué “tenía” que ir con mi amigo Stuardo Juárez a visitar el hotel St. Regis, situado nada menos que en el mero corazón de Manhattan: la 55 calle Este y 5a. avenida les informo que yo me encontraba hospedado allí cuando fue derrocado mi buen amigo el entonces Presidente Constitucional de la República, general e ingeniero Miguel Ramón Ydígoras Fuentes (qepd), a media noche del 31 de marzo de 1963 por un golpe militar que luego formó un gobierno de facto que encabezó quien era su ministro de Defensa, coronel Enrique Peralta Azurdia. Y cuando quise regresar a Guatemala me encontré con la desagradable sorpresa de que mi viejo amigo Antonio Arís de Castilla (qepd), quien fue Cónsul General de Guatemala en Nueva York durante muchos años, me informó  que había recibido instrucciones terminantes del gobierno de facto del coronel Peralta Azurdia de no darme visa para entrar a Guatemala. Porque, aunque ahora nos parezca increíble, en aquellos años los guatemaltecos necesitábamos visa tanto para salir como para entrar a nuestro país. Ese lujoso hotel estaba manejado por mi grande y buen amigo el hotelero catalán-mexicano César Balsa (qepd), propietario de la cadena de los restaurantes Focolare y Can-Can, del gratamente recordado centro nocturno Jacaranda y de los hoteles Presidente de México y, afortunadamente, se encontraba en Nueva York cuando eso ocurrió y le expliqué la situación en la que me encontraba, prácticamente exiliado y sin dinero en aquella gran ciudad, hospedado en ese hotel de lujo, y de inmediato llamó al gerente que era otro amigo mío, el caballeroso Rodrigo Calderón (qepd), y le dio instrucciones de que en adelante la tarifa de mi habitación sería US$18.00 diarios y que podría firmar todos mis consumos  y, si fuera poco, que si necesitaba dinero en efectivo el cajero debía proporcionármelo con mi firma mientras yo no recibiera dinero de Guatemala. Y así tuve que vivir durante poco menos de un año, viviendo como exiliado millonario sin tener un centavo. De manera que no podría decir que ese fue un “amargo exilio” precisamente. La habitación vecina a la mía del lado izquierdo la ocupaba el mundialmente famoso pintor catalán Salvador Dalí (qepd), con quien tuve el privilegio, el honor y la satisfacción de entablar una estrecha amistad. Y la habitación vecina del lado derecho la ocupaba el famoso pianista Peter Duchin, director de la orquesta del St. Regis, hijo del también pianista y director de orquesta Eddie Duchin, quien llegó a ser muy famoso en la década de los años 30 y 40, pero el 9 de febrero de 1951 murió de leucemia, a la edad de 41 años. Sobre la historia de Eddie Duchin y su bella esposa de la alta sociedad neoyorkina se produjo una película en Hollywood que se tituló “The Eddie Duchin Story“, cuyo caprichoso título en español fue “Melodía inmortal“, protagonizada por Tyrone Power y Kim Novak. El subgerente del hotel St Regis era un mexicano que en el transcurso de los años llegó ser uno de mis más entrañables amigos, y con él salíamos de parranda casi todas las noches. Alguien preguntará ¿qué pasó con la cuenta? Pues pasó que al cabo de algunos meses logré vender una casa en la zona 10 que había adquirido con mis ahorros durante el hobierno de Ydígoras Fuentes y cuando me lo enviaron cancelé hasta el último centavo. ¡Una pequeña fortuna me costó mi amistad con el Presidente Ydígoras Fuentes, por la iniquidad y abuso de poder del coronel Enrique Peral Azurdia! Gracias a ello me trasladé a la ciudad de México, donde seguí en las mismas circunstancias, sin visa para regresar a mi patria. Pero un día viajé a San Salvador para celebrar allá mi cumpleaños con mi mamá, y el Cónsul de Guatemala era un viejo amigo de apellido Cabrera –a quien le llamaban afectuosamente “Cabrerita“–, me dijo que a él no le habían ordenado negarme la visa y no tenía por qué estar enterado de que me la habían negado en Nueva York, y me estampó la visa en mi pasaporte. En esa forma fue que entré a Guatemala por tierra, solo y manejando mi propio automóvil, sin comprender el grave peligro que corría de ser interceptado en el camino y desaparecido. Tan pronto llegué a mi casa llamé por teléfono a “Quique” Peralta, el menor de los dos hijos del coronel Peralta Azurdia, quien ocupaba el cargo de Jefe de Migración, que yo le había conseguido con Ydígoras cuando su papá se peleó con él por haberse casado con una abogada que le disgustaba, y le informé que había regresado. Entonces me preguntó sobresaltado: “¿Cómo hizo para entrar?”, a lo que le respondí que había entrado con la visa de ley de El Salvador y le pedí que viniera a mi casa a las 6 de la tarde para platicar. Él me preguntó por la dirección de mi casa y le contesté: “es la misma casa donde yo le recibí muchas veces que vino a visitarme para pedirme que lo ayudara a conseguir un trabajo en el gobierno”. Y llegó puntualmente, acompañado de un individuo de apellido Lara que se decía “muy amigo”(?) de mi hermano Federico Guillermo. Me informó que su papá no quería que estuviera en Guatemala porque “había sido muy amigo del ex Presidente Ydígoras Fuentes”. A lo cual le respondí que no “había sido muy amigo de Ydígoras Fuentes”, sino lo seguía siendo. Y agregué que si eso le molestaba se debería recordar que gracias a esa amistad yo había conseguido convencer al general Ydígoras para que le nombrara ministro de Defensa en sustitución del coronel Rubén González Siguí (qepd), cuando el general iba a nombrar al coronel Gildardo Monzón Peulvé, que no me simpatizaba, y que cuando  Peralta Azurdia se enteró vino a mi casa a darme las gracias. Lo cual parece que no le agradó a “Quique” que se lo recordara. Cuando se fueron de mi casa me prometieron que “iban a ver quér se podía hacer”, pero pocos minutos más tarde llegó a visitarme mi entrañable amigo Manuel “El Gordo” Zeceña Diéguez (qepd) y en cuanto se enteró de que me había visitado el hijo de Peralta me dijo que debía salir inmediatamente de mi casa porque seguramente iban a mandar a la Policía a detenerme y, aunque yo no creía que fuesen a hacerlo, le hice caso y me fui con él. En efecto, ni bien habíamos salido, llegó un buen número de policías a detenerme y cuando no me encontraron procedieron a catear mi casa con abuso de poder. Entonces me escondí primero en una oficina de la 10a. calle de la zona 1, pero al día siguiente me trasladé a un altillo secreto de la casa del “El Gordo“, y ahí estuve una semana, pero los policías llegaban todos los días a catear la casa de mi anciana mamá, por lo cual mi hermano mayor, José Alfredo, se comprometió con el gobierno de facto a que yo iba a salir voluntariamente del país, pero aceptó que me acompañara todo el tiempo un agente de la Policía Secreta. ¡Lo cual me pareció imperdonable de su parte! Pero hice los arreglos pertinentes y acudí al antiguo aeropuerto para viajar a México, a donde llegaron a atestiguar el hecho para asegurarse de que no me iban a tender una trampa, los recordados periodistas amigos Willy Figueroa de la Vega (qepd), entonces propietario y director del noticiario de televisión “Cuestión de minutos“, Ramiro MacDonald Blanco (qepd), director del radioperiódico “Guatemala Flash” y Pedro Julio García (qepd), director de “Prensa Libre“. En esa forma tuve que salir nuevamente de mi patria por un abuso de poder del gobierno militar de facto que se autocalificaba como “Operación honestidad” ¡Qué cinismo! ¡”Operación honestidad” que había comenzado por una vil traición! Era el 22 de noviembre de 1963. Lo recuerdo perfectamente bien porque cuando íbamos volando informó el piloto del avión de TACA que en Dallas, Texas, acababan de asesinar al presidente John F. Kennedy. Y así regresé a México, donde el epílogo del cuento es que fui a saludar a mi amigo César Balsa para agradecerle toda su ayuda en el St Regis, y su respuesta fue preguntarme: “¿Y por qué pagaste la deuda?” Y yo le dije que era lo debido. A lo que me contestó: “Si no la hubieses pagado la habríamos cargado a Pérdidas y Ganancias y quien habría perdido ese dinero sería el gobierno de los Estados Unidos”. ¡Pero ya era demasiado tarde para arrepentirme! ¡Ni modo!

El famoso mural en el King Cole bar es obra del pintor Max Parrish.

En el King Cole Bar para beber un bloody Mary

El significado de esta pintura mural es que el fundador del hotel St. Regis era el multimillonario John Jacob Astor quien tratando de jugar una broma a los clientes del bar contrató al pintor Max Parrish para que le pintara a él como rey Cole, sentado en un trono, en el momento de soltar un pedo, para que todos lo tuviesen que oler, igual que los bufones que le acompañan, que tuvieron que voltear la cara para no tener que taparse la nariz. Naturalmente, uno de los lugares que más solía visitar durante ese “exilio” era precisamente el King Cole Room, donde entonces también servían comida y solía desayunar a menudo con Dalí y almorzar con Navarrete, pero ahora ha sido remodelado y ha sido transformado en sólo King Cole Bar. En este lugar fue donde se inventó el conocido coctel denominado Bloody Mary (“María sangrienta”), en recuerdo de la reina inglesa María I (María Tudor), porque durante su reinado mató a muchos protestantes tratando de imponer el catolicismo, aunque originalmente se llamaba Red Snapper, como el pescado. Después de empezar con algo básico, como el Gin&Tonic, hay otro coctel que tiene en la ginebra su elemento principal: el Red Snapper que nació a partir de otro famoso coctel, el Bloody Mary, hecho con vodka. El barman Pete Petito fue famoso por sus Bloody Mary, pero un día que quiso preparar uno cuando trabajaba en el King Cole Room del hotel St. Regis, no tenía vodka y tuvo que echar mano de ginebra. Y así nació este sabroso coctel denominado Red Snapper. Años más tarde, en en el bar del hotel St. Charles de Nueva Orleáns un cantinero mexicano mezcó tequila en vez de vodka o ginebra y bautizó el coctel como María sangrienta. Lo cuento para beneficio de quienes no lo sabían.

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En el Rockefeller Plaza de noche, Stuardo Juárez, yo y “La Muñecona

Y así fue como, gracias a Dios, pude satisfacer uno de los anhelos que quería satisfacer antes de que me llegue el día de hacer el viaje sin retorno al más allá: ¡ir a despedirme de Nueva York! Y tuve la buena suerte que quisieron acompañarme mis queridos amigos Aura Ruiz “La Muñecona“, el licenciado Roberto López Villatoro y el licenciado Stuardo Juárez que, afortunadamente, fueron excelentes compañeros de viaje. Por lo cual les reitero mis profundos agradecimientos, que hago extensivos a todas las personas que allá nos atendieron en una u otra forma. ¡Muchas gracias!