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TRAMPA DEL EMBAJADOR CAJAL

Viernes, Abril 27th, 2012

A continuación, reproduzco la columna que publiqué en elPeriódico el jueves 26 de abril de 2012, titulada

El abyecto Máximo Cajal

El ex Embajador de España se comportó como un bellaco.


Máximo Cajal y López, ex embajador de España en Guatemala

Lamento tener que ser repetitivo, pero aunque ya he publicado la historia de lo que realmente ocurrió en la tragedia del 31 de enero de 1980 en las oficinas de la Embajada de España en Guatemala, creo necesario publicarlo de nuevo para quienes ignoren la verdad. Y no me cansaré de repetirlo cada vez que sea necesario, como ahora que la Audiencia Nacional de España está reviviendo el juicio que la indígena guatemalteca Rigoberta Menchú Tum, premio Nobel de la Paz 1992, entabló contra algunos altos funcionarios del gobierno guatemalteco de aquellos días. No me mueve otro interés que no sea el deseo que prevalezca la verdad y desmentir a quienes, ya sea porque estaban comprometidos o por un espíritu vengativo, o por su ideología política, achacan toda la responsabilidad a las autoridades del país y no toman en cuenta que la principal culpabilidad fue del villano que, desafortunadamente, era el Embajador del reino de España, Máximo Cajal y López, cómplice de los invasores supuestamente pacíficos a su embajada.

Desde antes de que Cajal y López viniera a nuestro país a desempeñar el cargo de Embajador del Reino de España, el Gobierno guatemalteco había sido informado por su respetable y bien recordado antecesor, el embajador Carlos Manzanares y Herrero, que Guatemala tendría que tener cuidado con él por ser muy conflictivo y de extrema izquierda, lo que no habría sido motivo de objeción de no ser porque se estaba viviendo una confrontación armada entre las fuerzas regulares del gobierno y la guerrilla subversiva apoyada por comunistas de varios países. No obstante, el gobierno del general Romeo Lucas cometió el error de extenderle el beneplácito reglamentario. Con los datos que se tenían de él, la Cancillería no le debió conceder el beneplácito. Además, se sabía que él realmente deseaba ir a Cuba con ese mismo cargo, pero aceptó a regañadientes venir a nuestro país con su compañera de vida Beatriz de Laiglesia, hija del famoso humorista Álvaro de Laiglesia, una mujer bastante atractiva y de su misma ideología, con quien tenía una relación de concubinato.

Aún antes de presentar los originales de sus Cartas Credenciales al Presidente de la República, General de División Fernando Romeo Lucas García, Cajal expresó en diferentes reuniones diplomáticas y sociales ciertos comentarios impertinentes contra el gobierno guatemalteco y a favor de los subversivos –lo cual está terminantemente prohibido por la Convención de Viena–, al extremo de viajar varias veces a Quiché para entrevistarse con elementos antigobiernistas por medio del entonces obispo de ese departamento, Juan Gerardi Conedera, quien era sabido que simpatizaba con la subversión. Por este comportamiento imprudente de Cajal, con el cual estaba en desacuerdo, el secretario de esa misión diplomática, mi recordado amigo Jaime Ruiz del Árbol, deseaba ser trasladado a otro país, como nos dijo a varios de sus amigos, porque no estaba de acuerdo con las perversas intromisiones del embajador Cajal en los asuntos internos de Guatemala por su ideología socialista; aunque, después de la tragedia, cuando regresó a España, su inconsolable viuda María Dolores Cruz Moratinos (Lola) haya sido obligada a declarar lo contrario para no perder la indemnización y un empleo en el Ministerio de Exteriores. Pero cuando estaba frente al cadáver de su esposo, le confió a su paisano y amigo, el ingeniero, economista, industrial, periodista y escritor Francisco Pérez de Antón, que ella le había pedido a Jaime que no acompañara a Cajal en sus reiteradas visitas al departamento del Quiché para reunirse con guerrilleros y algunos curas españoles que simpatizaban con la subversión.

El abyecto ex embajador Máximo Cajal dijo que la quema de las oficinas de la embajada “fue planeada”, y en eso dijo la verdad porque, en efecto, él planeó con los guerrilleros subversivos la “toma pacífica” durante su última visita al triángulo Ixil del Quiché, donde acordaron lo que llamaron “Plan de la subida” (en contraposición a la Embajada) y para asegurarse que el hecho tendría resonancia internacional, convocó con inaudita insistencia para que se presentaran en su oficina exactamente a la misma hora que llegaran los invasores “pacíficos”, a distinguidos juristas guatemaltecos para que sirvieran de rehenes: Eduardo Cáceres Lehnhoff, ex Vicepresidente de la República, Adolfo Molina Orantes, ex ministro de Relaciones Exteriores, licenciado Luis Beltranena Sinibaldi y doctor Mario Aguirre Godoy, quienes le habían solicitado una cita para hacer arreglos para una próxima reunión internacional de juristas que tendría lugar en Guatemala. Por eso digo que Cajal se comportó como un bellaco irresponsable y un tramposo. Lo primero por haber invitado a los campesinos a invadir “pacíficamente” sus instalaciones para que, amparados en la inmunidad de su sede diplomática, hicieran una denuncia contra las autoridades militares, lo cual significa inmiscuirse en los asuntos internos de nuestro país; y lo segundo por haber insistido en que llegasen a ese hora precisa los ilustres abogados para que sirviesen de rehenes de los invasores. Esa fue una cobarde y vil trampa artera que el embajador de España les tendió, al extremo que hizo que su secretaria llamara por teléfono constantemente a las oficinas y a las residencias de esos distinguidos abogados insistiendo en que debían llegar puntualmente a las 11 de la mañana, porque era la hora en que estaba previamente programada la “ocupación pacífica” . (Fin de la columna)

La tragedia ocurrida en la Embajada de España en Guatemala el 31 de enero de 1980 por la “invasión pacífica” de un grupo de campesinos del Comité de Unidad Campesina (CUC), un brazo armado de la guerrilla, encabezados por su secretario general, Vicente Menchú Pérez, causó 37 muertos, fue como “una película de horror”, según relató desde Madrid por video-conferencia el entonces embajador socialista del reino de España en Guatemala, Máximo Cajal y López.

La video-conferencia del embajador de España Máximo Cajal y López

El diplomático, de 77 años de edad, presentó su testimonio ante el juez Santiago Pedraz, de la Audiencia Nacional de España, sobre lo que ocurrió el 31 de enero de 1980, declaración que fue retransmitida al Juzgado Undécimo Penal de Guatemala, que investiga ese incidente en el juicio que se está siguiendo en contra del ex jefe del Comando Seis de la desaparecida Policía Nacional, Pedro Arredondo, a quien se responsabiliza de haber dirigido el grupo de agentes que participó en el asalto. Estos testimonios fueron aceptados por el tribunal como “pruebas anticipadas”.  En ese caso, también se debería entablar un juicio contra el comandante guerrillero Gustavo Meoño Brenner (actual asesor presidencial –¡por increíble que parezca!– junto con el ex vicepresidente Eduardo Stein Barillas y Gustavo Porras Castejón), porque él ha reconocido que fue quien ordenó a un comando del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), encabezado por una estudiante de derecho, que acompañara a los campesinos. Arredondo es la única persona detenida y procesada por este hecho, aunque desde diciembre del año pasado el juzgado que conoce el caso emitió una orden internacional de captura con fines de extradición contra el entonces ministro de Gobernación, licenciado Donaldo Álvarez Ruiz.

Según el ex embajador Cajal, un grupo de campesinos indígenas, procedentes de la zona del triángulo Ixil, acompañados por un grupo de universitarios, “ocuparon en forma pacífica” la embajada española con el objetivo de “denunciar ante la comunidad internacional la represión militar de la que eran víctimas los pobladores del noroccidental departamento de Quiché”. ¿Cómo puede decir que la invasión de los campesinos y guerrilleros fue “en forma pacífica”, cuando llevaban pistolas, machetes y bombas molotov? Porque en su testimonio bajo juramento, el ex embajador reconoció que los campesinos llevaban consigo botellas llenas de gasolina con mechas, que se conocen como “bombas molotov”, las cuales dice que él guardó detrás de unos libros, pero agregó que ignora si el incendio fue causado por uno de esos cocteles molotov que uno de los subversivos lanzó a los policías por un agujero, pero no logró que saliera y rebotó sobre la alfombra plástica que se incendió y de inmediato hizo que estallaran las demás bombas molotov. Sin embargo, Rigoberta Menchú Tum y sus aliados insisten en afirmar que el fuego fue provocado desde afuera con lanza llamas de los policías. ¿Cuándo ha tenido lanza llamas la Policía de Guatemala?

Según el abyecto embajador Cajal y López, los agentes de la Policía Nacional, “armados hasta los dientes con metralletas y hachas”, rodearon la sede diplomática y, por más que él intentó comunicarse con las autoridades para pedir que retirasen a las fuerzas de seguridad, no obtuvo respuesta. Habría qué preguntarle a ese bellaco si los policías debieron estar armados con palillos de dientes.

Relató que “Se oyeron unos disparos y en ese momento inició el incendio”, pero no dijo que los disparos no los hicieron los policías desde afuera sino los hicieron desde adentro los “invasores pacíficos” con el propósito de repeler a los policías que trataban de entrar a devolver la seguridad y tranquilidad a los miembros de la misión diplomática española y liberar a los rehenes, de acuerdo a un mandato contenido en la Convención de Viena, y a desalojar a los invasores que estaban armados con pistolas y bombas molotov. Porque si bien hay un artículo de la Convención de Viena que establece que las instalaciones diplomáticas gozan de inmunidad (y algunos ignorantes creen que es “extraterritoriedad”), hay otro artículo que dice que los países anfitriones deben garantizar “la seguridad y tranquilidad” de las embajadas, y supongo que no había ni la una ni la otra desde el momento en que la embajada fue invadida “pacíficamente” por los campesinos y los guerrilleros subversivos. Pero como estaba bajo juramento no se atrevió a mentir, como lo ha hecho anteriormente, al afirmar que el incendio fue causado por lanza llamas de los policías.

En su declaración dijo que las autoridades guatemaltecas impidieron la entrada de los cuerpos de socorro a la sede diplomática para prestar auxilio a las víctimas, y afirmó que la mitad de ellas murieron calcinadas y el resto por heridas de bala. Sin embargo, al día siguiente los medios de comunicación informaron de que llegaron los bomberos y la Cruz Roja, al extremo que a Cajal le recibió al salir de su embajada la señora Odette Arzú de Cannivel, funcionaria de la Cruz Roja Guatemalteca. Prensa Libre publicó esta foto que de nuevo publicó hoy, en donde se puede ver tanto a los bomberos como a elementos de la Cruz Roja. De hecho, en la terraza de al lado se encuentran el presidente de la Cruz Roja, doctor Bauer, y el empresario Ramiro Samayoa Martínez.

Foto de Archivo de Prensa Libre

El embajador Cajal y el campesino Gregorio Yujá fueron los dos únicos supervivientes del asalto, con excepción del doctor Aguirre Godoy, quien logró escabullirse antes de que estallaran las bombas molotov, pero Yujá fue secuestrado dos días después de un sanatorio y su cuerpo sin vida, torturado, fue encontrado el 2 de febrero de 1980 frente a la rectoría de la Universidad de San Carlos. Nadie con dos dedos de frente puede creer que las fuerzas de seguridad del gobierno iban a ser tan estúpidas de haber secuestrado  torturado a Yujá para después ir a tirarlo frente la rectoría de la USAC. Cualquiera puede comprender que si eso lo hubiese hecho el gobierno, habrían enterrado su cadáver o lo habrían ido a tirar al mar o al cráter de algún volcán en actividad. Por eso cabe la sospecha de que fue secuestrado y asesinado por los mismos guerrilleros, para evitar que declarase cómo se había organizado la “invasión pacífica” a las oficinas de la embajada de España.

En la misma diligencia judicial prestaron testimonio también Beatriz de la Iglesia, “esposa” del exembajador (¿ya se casaron?), y Pedro Bermejo, quienes denunciaron “las amenazas y acoso que sufrieron los diplomáticos españoles en Guatemala durante los días posteriores a la quema de la legación”. De hecho, en los días subsiguientes, un buen número de respetables españoles residentes en Guatemala publicó un desplegado en los periódicos repudiando la actitud del embajador Cajal.

Rigoberta Menchú Tum con su medalla Nobel de la Paz

La diligencia judicial se celebró a petición de la premio Nobel de la Paz 1992, la indígena guatemalteca Rigoberta Menchú Tum, quien presentó una querella contra una decena de antiguos altos cargos guatemaltecos por el asalto a la Embajada española.

Vicente Menchú Pérez, padre de Rigoberta Menchú Tum, fue una de las 37 víctimas del asalto, entre las que figuraron también el secretario de la embajada y cónsul español Jaime Ruiz del Árbol y los funcionarios Felipe Sáenz y María Teresa Vázquez de Villa y una señora de apellido Barillas, quien fue la persona que llamó por teléfono al ministerio de Relaciones Exteriores pidiendo al gobierno que les fuese a liberar. Yo contesté su llamada y tomé el recado que transmití al Canciller Eduardo Castillo Valdés.

A mí no me lo han contado, ni lo he leído en ningún periódico, sino lo viví. Para entonces yo era embajador en México, pero había sido citado por el ministerio de Relaciones Exteriores para ponernos de acuerdo en los detalles de una próxima visita a Guatemala del Presidente de México José López Portillo. Y me encontraba en el despacho del subsecretario Alfonso Alonso Lima cuando él recibió una llamada telefónica que le hizo palidecer y después de hablar unos cuantos minutos me dijo: “Haceme el favor de esperarme porque tengo que entrar urgentemente a hablar con el ministro Castillo Valdés sobre un asunto muy delicado. Te agradeceré que si acaso hay alguna llamada a mi teléfono directo, que la contestés y tomés alguna información”. Y así fue, en efecto, pocos minutos después de que se fue el subsecretario Alonso Lima, sonó su teléfono y yo contesté la llamada. Era una voz de mujer de una señora de apellido de Barillas, quien se identificó como funcionaria de la embajada de España, que muy angustiada me dijo: “¡Por favor! Que venga la Policía a rescatarnos porque las oficinas han sido tomadas por asalto por un grupo de hombres armados de pistolas y bombas molotov. Pero que vengan pronto”. Dos minutos más tarde llamó la señora de Villa, secretaria de esa misión, quien preguntó con quién hablaba y cuando le dije mi nombre me dijo sumamente nerviosa: “Embajador Palmieri, yo lo conozco a usted, hágame favor de pedir que nos vengan a rescatar lo más pronto que sea posible. Yo ya pedí ayuda a la Policía, pero todavía no ha venido nadie”. Tras de lo cual me atreví a empujar la puerta del despacho del Canciller quien estaba hablanco con el subsecretario Alonso. Comprendí que era un abuso de mi parte entrarl despacho del ministro en esa forma, pero les dije: “Perdonen pero he recibido dos llamadas angustiosas de funcionarias de la embajada de España pidiendo que se les vaya a rescatar porque las oficinas de la embajada han sido tomadas por asalto por un grupo de hombres armados”. Entonces Castillo Valdés y Alonso Lima me confiaron la información que tenían y me dijeron que ya habían pedido ayuda a la Policía Nacional. Yo me retiré porque tenía que ir a Casa Presidencial para almorzar con el presidente Lucas García. Y cuando estábamos almorzando, el general Lucas García recibió una llamada del ministro de Gobernación, licendiado Donaldo Álvarez Ruiz, y oí que el general Lucas le dijo: “Manténganme informado, pero decile a Chupina que actúe con calma porque en estos casos quien se enoja pierde”. Y me comentó: “Parece que la Policía tiene rodeado el local de las oficinas para asegurarse de que los invasores no vayan a hacerles daño a los rehenes”.

Cuando salí de Casa Presidencial me dirigí al hotel Camino Real, pero tomé la sexta avenida y al llegar a la altura de la 10a calle de la zona 9, por los Funerales Reforma, ví que adelante de mí iba el colega y amigo Álvaro Contreras Vélez, co propietario y columnista de Prensa Libre quien llevaba su casco de comandante de bomberos, y se bajó corriendo de su automóvil . Yo estacioné mi vehículo y le seguí hasta hasta la esquina de la 6a. avenida “A”, donde estaba la embajada española y nos quedamos viendo lo que estaba pasando frente al edificio que ocupaban las oficinas de la misión diplomática de España. Allí se encontraban numerosas personas observando lo que ocurría, cuando de pronto se oyeron varios disparos de pistola dentro del edificio hacia afuera, seguramente hechos por los “invasores pacíificos” para tratar de auyentar a los policías que estaban tratando de entrar. Pero estoy seguro que no fueron disparados por los policías. Pocos minutos más tarde se produjo una fuerte explosión dentro del edificio y salieron llamas de una de las ventanas, tras de lo cual escuchamos gritos angustiosos de los campesinos y todas las demás personas que estaban muriendo asfixiados por la combustión y quemados por el fuego. Hasta entonces fue que los policías y los bomberos lograron penetrar al edificio y comenzaron a sacar algunos de los cuerpos calcinados. Y un sobreviviente de aquel espantoso infierno, que era el campesino Yujá. El otro único sobreviviente fue el embajador Cajal porque supo escapar a tiempo y solamente sufrió algunas quemaduras, por lo que fue llevado al hospital privado Herrera Llerandi.

¡Esto fue realmente lo que ocurrió en las oficinas de la embajada de España el 31 de enero de 1980!

Yo volé de regreso a México esa misma tarde y por la noche me presenté en el programa noticioso de televisión “24 horas”, de mi amigo el gran periodista Jacobo Zabludovski, para explicar a la enorme teleaudiencia de su programa lo que realmente había ocurrido. Con todos los datos del caso, expuse ampliamente la culpabilidad del embajador Máximo Cajal y López. Lo cual impidió que un grupo de guatemaltecos comunistas diese su versión de los hechos en ese programa. Y al día siguiente llamé por teléfono directo a mi amigo el Presidente José López Portillo, a quien solicité que me recibiera en Los Pinos para explicarle lo que había sucedido. Lo cual impidió que se saliera con su gusto el entonces Canciller de México, el rabioso socialista Jorge Castañeda, quien ya le había reportado al presidente de México su versión de lo ocurrido y le había propuesto romper relaciones diplomáticas con Guatemala, pasando por encima de la famosa Doctrina Estrada que es básica en la política exterior mexicana, por la cual los gobiernos de México tienen relaciones diplomáticas con los países y no con los gobiernos. Por lo cual el Presidente López Portillo no accedió a su solicitud. Pero por mi diligencia y éxito los funcionarios españoles, el Canciller Marcelino Oreja, el embajador Bermejo y Yago Pico de Coaña a la cabeza, pusieron como una de las condiciones para reanudar relaciones diplomáticas con Guatemala que yo fuese despedido del cargo de Embajador extraordinario y plenipotenciario en México, a lo cual el general Lucas García se negó y respondió que, por el contrario, me estaba muy agradecido por habérmelas jugado en esa forma y pensaba cómo iba a premiarme. Y me ofreció condecorarme con la Orden del Quetzal pero yo decliné ese honor diciéndole que si la recibía me iba a causar más enemistades y envidias y que, como dijo Sancho Panza a Don Quijote de la Mancha, “mejor no meneallo”. Pero le agradecí su solidaridad, lealtad y apoyo.

Twitter: @jorgepalmieri